lunes, 27 de abril de 2009

Un apéndice a las ventanas de la Duquesa de José Zorrilla

Un apéndice a las ventanas de la Duquesa
de José Zorrilla


Triste y lóbrega es la noche;
no está en el cielo la luna
colgada como una antorcha
entre la niebla nocturna.
No es azul el firmamento;
que le encapotan y enlutan
informes masas de nubes,
que a paso tardo lo cruzan.
Todo es silencio en Segovia;
las ráfagas no murmuran,
que el aire denso y pesado,
vecina tormenta anuncia.
Triste y lóbrega es la noche;
yace la ciudad a obscuras
en brazos del primer sueño,
inmóvil, opaca y muda.

Con precaución cautelosa
que intento secreto anuncia,
corrió una mano el cerrojo
de un postigo que se ofusca
en un lado del alcázar,
entre prolijas molduras.
Por ella dos embozados
salieron: ya que la alumbra
débil luz de una linterna,
por defuera la aseguran.
Como mucho se recatan
y es la sombra tan confusa,
no se percibe a lo lejos
ni su faz ni su figura.
Porque es la sombra un cristal
que los recelos enturbian,
y el objeto que se mira
se disminuye o se abulta.
Tan velozmente caminan,
que pueden dejar en duda
si su acelerada. marcha
es persecución o fuga.
Doblan esquinas y calles,
plazuelas y plazas cruzan;
dijeran que van perdidos
sin encontrar lo que buscan.
Mas tan decididos siguen
la dificultosa ruta,
que bien se ve que no yerran
ni se desorientan nunca.
El ferreruelo cruzado,
a los ojos la capucha,
la barba sobre los pechos;
el morterete sin pluma,
van su camino en silencio
con planta firme y segura,
y el uno delante el otro,
ni se paran ni se juntan.
Debajo de unas ventanas
que con labores difusas
cercan muchos arabescos
de primorosa escultura,
detúvose el de delante
diciendo: «Vela y escucha,
esperando que yo vuelva
sin que nadie me descubra.»
Replicó el otro en voz baja,
saludando con mesura:
«Y si una ronda.....
-Que pase,
que mi grandeza te escuda.
-¿Y si un curioso?.....
-Que vuelva
Atrás.
-¿Y si me importuna?
-Requiere, si no eres manco,
la razón de tu cintura.»
Siguió adelante, esto dicho,
y primero que él acuda
a dar, prevenido y cauto,
o noticia o seña suya,
abriéndose una ventana,
lanzó de su sombra muda
con una escala de seda
una voz que dijo: «Suba.»
Subió el galán; mas llegando
veloz a la cuerda última,
un brazo que sacó un hombre
que esconde la catadura,
dándole aprisa un saquillo,
dijo: «Tome lo que busca.»
Y cerrando la ventana,
mano, voz y hombre se ocultan.
A tal momento, en la calle,
con voz de duelo y angustia
un ¡ay! lanzando una dama,
de la escala se asegura.
Bajó el caballero, y ella,
jadeando lo pregunta:
«¿Vivís?», y asiendo el estoque,
él replicó: «¿Quién lo duda?»
Llegó en esto el apostado
con la linterna, y a una,
dama y galán prorrumpieron:
«¡Don Enrique!» «¡Inés!» «Alumbra.»
Abrió el Príncipe el saquillo,
y sintiendo la tela húmeda,
metió la mano, y asiendo
con asombro lo que oculta,
sacó de la hermosa Clara
la cabeza infantil, mustia.
«¡Santos del cielo! ¡Mi hermana!»
«Su sentencia era la tuya,
dijo a doña Inés el Príncipe;
válgate, pues, tu fortuna.»
Y dando a la dama el brazo,
tomando su antigua ruta,
entraron en el alcázar
por la puertecilla oculta.