lunes, 27 de abril de 2009

Vigilia de José Zorrilla

misterio de los suenos
«Misterios del alma son.»
Moreto.


Pasad, fantasmas de la noche umbría,
De negros sueños multitud liviana,
Que columpiados en la niebla fría,
Fugitivos llamáis a mi ventana.

Pasad y no llaméis. Dejadme al menos
Que en la nocturna soledad dormido,
Los lentos días de amargura llenos
Calme, y repose en momentáneo olvido.

Pasad y no llaméis. La sombra oscura
Vuestro contorno sin color me vela;
Ni sé quién sois, ni vuestra faz impura
El más leve recuerdo me revela.

Mil veces al oír vuestros gemidos
Mis ventanas abrí por consolaros,
Os busqué en las tinieblas, ¡y erais idos!...
¿A qué llamar si nunca he de encontraros?

Id a turbar el sueño indiferente
Del que entre plumas sin afán reposa,
Del que la vida en su risueña mente
Ve placentera y celestial y hermosa.

Y si venís con rostros halagüeños,
Mensajeros de rápidos placeres,
Avaras hallaréis de vuestros sueños
Por doquiera bellísimas mujeres.

Llamad donde a la lumbre vacilante
De alguna tibia y oportuna estrella
Puedan al fin gozaros un instante,
Y ver un punto vuestra blanca huella.

No a mí, que en vano por la sombra tiendo
Los turbios ojos, me invoquéis perdidos;
No a mí, que acudo, vuestra voz oyendo
Y al registrar la sombra, ya sois idos.

No a mí, que presa de secretos males,
Tal vez la triste soledad me inspira
Tiernas endechas y amorosos vales
Que ensayo a solas en mi pobre lira.

No a mí, que al son de vuestras vagas voces
Siento otra voz que me repito insana
Dentro del corazón esos veloces,
Ecos que murmuráis a mi ventana.

¡Ah! Yo os respondo y suspiráis pasando
Sin que baste a entender vuestro suspiro;
Os llamo a mí, y os alejáis volando,
Gemís si duermo, y os veláis si os miro.

Si a vuestras tristes misteriosas quejas
Mis rejas abro y vuestro bien deseo,
Sólo a través de mis macizas rejas
Cruzar las nubes en silencio veo.

¡Oh de la noche incomprensibles ruidos!
Ayes que hervís en la tiniebla oscura....
¿Quién sois? ¿Dó vais? ¿De dónde sois venidos?
¿Qué voz ajena en vuestra voz murmura?

¿Sois el rumor del agitado viento,
Los ayes de las almas sin reposo,
o la voz del tenaz remordimiento,
Del descanso enemigo y envidioso?

Quienquiera que seáis, almas o nieblas,
Pasad, y en vuestra confusión liviana
Seguid vuestro camino en las tinieblas
Y no llaméis jamás a mi ventana.

Porque es triste ¡muy triste! un aposento
Donde a la luz de lámpara que expira
Se oye el crujir del tumultuoso viento
Que fuera en torno de las torres gira.

Es triste, sí, muy triste y muy medroso,
Velar sobre un volumen carcomido,
La frente ardiendo, el alentar penoso,
Las llamaradas aumentando el ruido;

Viendo las letras en las turbias hojas
A su dudosa vibración mezclarse,
Negras, azules, amarillas, rojas,
A la afanosa comprensión negarse.

Y leer en vez de religiosas voces
de amorosa y métrica armonía,
Cifras que borran, cifras más veloces,
De sentido infernal, de raza impía.

Pasad, fantasmas de la noche oscura,
Quienquiera que seáis, almas o nieblas;
Pasad, y en mis vigilias de amargura
No llaméis a mi reja en las tinieblas.

No llaméis, que enemigo de la sombra,
Odia el cantor vuestra armonía vana;
Dejad al trovador a quien asombra
El oiros llamar a su ventana.

¡Pasad, sombras sin cuerpos, aires vanos,
Pobres de luz, de voz desconocida,
Esquivos a los ojos y las manos,
Extraños a la fe de nuestra vida!

Pasad, y no turbéis de mi sosiego
La dulce calma o la nocturna vela:
No creo en vuestro ser; pasad os ruego,
Seguid al aire que os arrastra y vuela.

¿Pensáis que a esos aúllos y suspiros
Con que llenáis la oscuridad tranquila,
Como a silbos de brujas o vampiros
Mi amedrentado corazón vacila?

¿Pensáis ¡oh! que por miedo de escucharos,
Con voz pujante entonaré canciones,
Y al arpa acudiré para ahuyentaros
Con dulces trovas de amorosos sones?

¡Mentís, abortos de la sombra vana!
Yo sé bien que si fuerais más que viento,
Holgarais en montón en mi ventana
Al blando son de mi amoroso acento.

Mentís, hijos del aire y de las nieblas,
Mentís: yo tengo sin cesar conmigo
Un talismán que alumbra las tinieblas
Del desdichado protector y amigo.

Mirad cuál radia en mi tugurio estrecho
La limpia luz de la esperanza mía;
Mirad cuál vela en mi desierto lecho
Con su cariño maternal MARÍA.

Todas las noches mi dolor la implora,
Y amiga de mi llanto solitario,
Todas las noches mis engaños llora
Con el raudal que reventó el Calvario.

Pasad, remordimientos tentadores:
Ya sé quién gime mi falaz desvío,
Ya sé quién riega las marchitas flores
Con tierno llanto, del recuerdo mío.

¡Ya sé quién «hijo» en soledad me llama,
E «hijo» a su voz la soledad responde!.....
¡Ah! Cuanto más tras la ovejuela clama,
Más a sus quejas y a su afán se esconde.

Tierna, amorosa, celestial MARÍA,
Rosa inmortal del Gólgota sangriento,
Faro infalible que mi rumbo guía
Entre la furia de la mar y el viento;

Líbrame de esos ecos misteriosos
Que me atormentan en la sombra vana,
Aleja esos fantasmas vaporosos
Que vienen a llamar a mi ventana.

¡Y tú, perdida y bella,
Fugaz y última estrella
Que viertes a deshora
Delante de la aurora
Con perezosa huella
Dudoso resplandor!
¡Oh! ¡Tráeme la hermosura,
La calma y la frescura
Del alba transparente,
Que este tropel ahuyente
Con que la sombra oscura
Me cerca en derredor!

Ven, estrella matutina,
Y a tu blanca y argentina
Silenciosa aparición,
Huirá de mi ventana
Esa confusión liviana
Que despierta mi aflicción

¡Lámpara de consuelo
A cuya lumbre velo,
Que escuchas solitaria
Mi tímida plegaria,
Si acaso llega al cielo
Mi súplica mortal!
Tráeme la luz del día
Que calme la agonía
De esos remordimientos
Que bogan turbulentos
Sobre la niebla umbría
En ilusión fatal.

Ven, estrella matutina,
Y tu blanca y argentina
Silenciosa aparición,
Ahuyente de mi ventana
Esa infernal caravana
Que huella mi corazón.

Recuerdos son dañinos
Que cruzan peregrinos
El arenal desierto
Del corazón incierto,
Buscándole caminos
Que acaso no hay en él.
Que nunca ven tranquilo
Recóndito un asilo,
Y que jamás se amansan,
Y que jamás descansan,
Corrientes que hilo a hilo
Desbordan su nivel.

Ven, estrella matutina,
Y a tu blanca y argentina
Luminosa aparición,
Huyan las sombras livianas
Que llaman a las ventanas
De mi triste corazón.

Dejadme, negros sueños,
De aterradores ceños,
De fuerza irresistible,
Ya sé que es imposible
Vencer vuestros empeños.....
Ya vuestro nombre sé.
Dejadme que respire,
Que viva y que delire;
Pues mis errores lloro,
Dejadme, yo os imploro
¡Dejad que en paz suspire
Lo que insensato holló!

Ven, estrella matutina,
Y a tu blanca y argentina
Silenciosa aparición,
Huyan las sombras livianas
Que llaman a las ventanas
De mi triste corazón.

Gloria y orgullo de José Zorrilla

¡Lejos de mí, placeres de la tierra,
Fábulas sin color, sombra, ni nombre,
A quien un nicho miserable encierra
Cuando el aura vital falta en el hombre!

¿Qué es el placer, la vida y la fortuna,
Sin un sueño de gloria y de esperanza?
Una carrera larga e importuna,
Más fatigosa cuanto más se avanza.

Regalo de indolentes sibaritas,
Que velas el harén de las mujeres,
Opio letal que el sueño facilitas
Al ebrio de raquíticos placeres.

Lejos de mí. No basta a mi reposo
El rumor de una fuente que Murmura,
La sombra de un moral verde y pomposo,
Ni de un castillo la quietud segura.

No basta a mi placer la inmensa copa
Del báquico festín, libre y sonoro,
De esclavos viles la menguada tropa,
Sin las llaves de espléndido tesoro.

De un Dios hechura, como Dios concibo;
Tengo aliento de estirpe soberana:
Por llegar a gigante, enano vivo:
No sé ser hoy y perecer mañana.

Yo no acierto a decir «la vida es bella»,
Y descender estúpido al olvido;
Amo la vida porque sé por ella
Al alcázar trepar donde he nacido.

De esa inmensa pasión que llaman gloria
Brota en mi corazón ardiente llama,
Luz de mi ser me abrasa la memoria,
Voz de mi ser inextinguible clama.

Gloria, ilusión magnífica y suprema,
Ambición de los grandes en quien quiso
Velar Dios esa mística diadema
Que nos dará derecho al Paraíso,

Nada es sin ti la despreciable vida,
Nada hay sin ti ni dulce ni halagüeño;
Sólo en aquesta soledad perdida
La sombra del laurel concilia el sueño.

Sólo al murmullo de la excelsa palma
Que el noble orgullo con su aliento agita,
En blando insomnio se adormece el alma,
Y en su mismo dormir crea y medita.

Zeusis, Apeles, Píndaro y Homero,
Bajo ese verde pabellón soñaron;
César, Napoleón y Atila fiero,
Bajo ese pabellón se despertaron.

Por ti el delirio del honor se adora,
Por ti el hinchado mar hiende el marino,
Por ti en su gruta el penitente llora,
Y empuña su bordón el peregrino.

Por ti el soldado se vendió a sus reyes,
Y lidia agora con porfía insana,
No por esas que ignora pobres leyes,
Por comprar una lágrima mañana.

Por ti le canta el orgulloso amante
Dulces trovas de amor a una querida
Porque tal vez un venturoso instante
Tenga en su canto prolongada vida,

Por ti del negro túmulo en la piedra
Ambicioso el mortal graba su nombre,
Porque tal vez entre la tosca hiedra
Otro día al pasar le lea un hombre.

Por ti acaso el cansado centinela
Que incendió una ciudad en la batalla,
Su cifra indiferente o mientras vela,
Pinta con un tizón en la muralla.

El polvo en que hubo sus cabañas Roma,
Por ti con templos y palacios pisa;
Por ti su gesto satisfecho asoma
Tras su inmenso sarcófago Artemisa.

Por ti vencida se incendió a Corinto,
Por ti la sangre en Maratón se orea,
Por ti una noche con aliento extinto,
Tumba Leonidas demandó a Platea.

Por ti trofeos el cincel aborta,
Y álzanse torres con tenaz porfía;
Porque es la vida deleznable y corta,
Y todos quieren prolongarla un día.

Por eso velo con la noche obscura
Sobre un volumen carcomido y roto,
Y un mañana me sueño de ventura,
Y otra existencia en porvenir remoto.

Por eso en mis estériles canciones
El blando son del agua me adormece,
Y entre pardos y errantes nubarrones,
De la noche el fanal se desvanece.

Oigo en mi canto el lánguido murmullo
Del aura que los árboles menea,
De la tórtola triste el ronco arrullo,
Y la sonora lluvia que gotea.

Veo las sacrosantas catedrales,
Los antiguos y góticos castillos,
Y el granizo se estrella en sus cristales,
O azota sus escombros amarillos.

¡Oh! Si sentís esa ilusión tranquila,
Si creéis que en mis cánticos murmura
Ya el aura que en los árboles vacila,
Ya el mar que ruge en la tormenta obscura;

Si al son gozáis de mi canción, que miente
Ya el bronco empuje del errante trueno,
Ya el blando ruido de la mansa fuente
Lamiendo el césped que la cerca ameno;

Si cuando llamo a las cerradas rejas
De una hermosura, a cuyos pies suspiro,
Sentís tal vez mis amorosas quejas,
Y os sonreís cuando de amor deliro;

Si cuando en negra aparición nocturna
La raza evoco que en las tumbas mora,
Os estremece en la entreabierta urna
Respondiendo el espíritu a deshora;
Si lloráis cuando en cántico doliente,
Hijo extraviado, ante mi madre lloro,
O al cruzar por el templo reverente,
La voz escucho del solemne coro;

Si alcanzáis en mi pálida mejilla,
Cuando os entono lastimosa endecha,
Una perdida lágrima que brilla
Al brotar en mis parpados deshecha;

Todo es una ilusión, todo mentira,
Todo en mi mente delirante pasa,
No es esa la verdad que honda me inspira;
Que esa lágrima ardiente que me abrasa,

No me la arranca ni el temor ni el duelo,
No los recuerdos de olvidada historia:
¡Es un raudal que inunda de consuelo
Este sediento corazón de gloria!

¡Gloria! Madre feliz de la esperanza,
Mágica alcázar de dorados sueños,
Lago que ondula en eternal bonanza
Cercado de paisajes halagüeños,

¡Dame ilusiones! Dame una armonía
Que arrulle el corazón con el oído,
Para que viva la memoria mía
Cuando yo duerma en eternal olvido.

¡Lejos de mí, deleites de la tierra,
Fábulas sin color, forma, ni nombre,
A quién un nicho miserable encierra
Cuando el aura vital falta en el hombre!

¡Gloria, esperanza, sin cesar conmigo
Templo en mi corazón alzaros quiero,
Que no importa vivir como el mendigo
Por morir como Píndaro y Homero!

Pereza de José Zorrilla

¡Cuán descansadamente,
Lejos del vano mundo, se reposa
A la orilla de límpida corriente
O de un moral bajo la sombra hojosa!

En el césped mullido,
Sin luz los ojos, sin vigor los brazos,
De la tranquila soledad el ruido
Se pierde por la atmósfera a pedazos.

El ánima descansa
De la ciega pasión y su braveza,
Y el cuerpo, presa de indolencia mansa,
Se goza en su pacífica pereza.

Entonces, no el tesoro
Ni la sed del placer el alma aviva;
El más rico licor, en copa de oro,
Entonces se desprecia y no se liba.

La mente no se inquieta
Por pensamientos de dolor cercada:
Que a su honda languidez yace sujeta,
Y a su propia impotencia encadenada.

Sin luz el ojo vago,
Sin un sonido sobre el labio abierto,
Pasa la vida cual por hondo lago
De incierta luz el resplandor incierto.

Así vuelan las horas,
Y así pasan pacíficas y bellas,
Cual las aves del viento voladoras,
Cual la cobarde luz de las estrellas?.

Así el pesar se aduerme,
Y al grato son de una aura que murmura,
Tal vez se goza del reposo inerme
Que confunde el pesar con la ventura.

Así mis horas quiero
Que pasen sin valor y sin fortuna,
Ya al manso son del céfiro ligero,
Ya al resplandor de la amarilla luna.

Ven, amorosa Elvira,
Ven a mis brazos, que de amor sediento,
El perezoso corazón suspira
Por ver tus ojos, por beber tu aliento.

Ven, adorado dueño,
Sepa que estás, en mi descanso inerte,
Cercado mí para velar mi sueño;
Cerca, hermosa, de mí cuando despierte.

Yo, en la hierba tendido,
En la sombra de un álamo frondoso,
Entreveré, con ojo adormecido,
Cuál velas mi descanso silencioso.

El sol, a lento paso,
Hundió en el mar su faz esplendorosa,
Marcando su camino en el ocaso
Vivo arrebol de púrpura y de rosa,

El agua, mansamente,
Con monótono arrullo le despide;
Y arrastrando sus ondas lentamente,
El ancho espacio de sus ondas mide.

Sólo queda en la tierra
El vapor del crepúsculo dudoso,
Y el vago aroma que la flor encierra,
Se esparce por el aire vagaroso.

Y las fuentes corriendo,
Y las brisas volando, se estremecen,
Y su soplo en los árboles creciendo,
A su soplo los árboles se mecen.

Trémulas van las olas
Bajo sus alas mansas y ligeras,
Reflejando las sueltas banderolas
De las naves que el mar surcan veleras.

Y la luna argentina,
La bóveda al cruzar del firmamento,
La inmensidad del Bósforo ilumina,
Color prestando al invisible viento.

Y al son del mar vecino,
Y al murmullo del viento caluroso,
Y al reflejo del éter cristalino,
Se aduerme el cuerpo en lánguido reposo

En la quietud amiga
De la callada noche macilenta,
Hasta la misma languidez fatiga,
Y el ánima se rinde soñolienta.

¡Oh! Bien haya el estío
Con su tranquila y bochornosa calma,
Que roba al corazón su ardiente brío
Y en blanda inercia nos aduerme el alma

Ya de ese insomnio presa,
Me faltan voluntad y pensamiento,
Y hasta mi cuerpo sin valor me pesa,
Y el son me cansa de mi propio aliento.

Dadme deleites, dadme;
Henchidme de placeres los sentidos;
Venid, eunucos, y al harén llevadme
En vuestros brazos, al placer vendidos.

Abridme esas ventanas,
Dadme a beber el aura de la noche
Y a saborear las ráfagas livianas
Que a la flor rasgan su aromado broche.

Quiero al son de las olas
Secar un corazón en solo un beso;
Traedme mis esclavas españolas,
Que el mío tienen en sus ojos preso.

Venid, venid, hermosas,
Divertidme con danzas y canciones;
Venid en lechos de fragantes rosas,
Venid, blancas y espléndidas visiones,

Quemad en mis pebetes
Cuanto aroma encontréis en mi palacio,
Y respiren sus anchos gabinetes
Ámbar opreso en reducido espacio.

Ven, voluptuosa Elvira,
Trénzame con tu mano mis cabellos;
Y tú, Inés, por quien Málaga suspira,
Nardo derrama y azahar en ellos.

Traedme a esos esclavos
Que aportan mis bajeles viento en popa;
Presa que hicieron mis piratas bravos
En un rincón de la dormida Europa.

Vengan a mi presencia,
Y al son de sus extraños instrumentos
Sirvan a mi poder y a mi opulencia,
Si no con su canción, con sus lamentos.

Dadme deleites, dadme;
Cúbreme, Elvira, con tu chal de espumas,
Y las tostadas sienes refrescadme
Con abanicos de rizadas plumas.

Suene en mi torpe oído
Su suave son como murmullo blando
De arroyo que a la mar baja perdido,
De peña en peña juguetón rodando;
Cual tórtola que llama,
Con lento arrullo que en el viento pierde,
La descarriada tórtola a quien ama,
De árbol sombrío en el columpio verde.

Danzad mientras reposo,
Cantad en derredor mientras descanso,
Y no sienta en mi sueño voluptuoso
Más que murmullo lisonjero y manso.

Cadena de José Zorrilla

boton de rosa
I
Nace la rosa, y su botón despliega
Orlada en torno de punzante espina,
Y sobre el agua que los pies la riega,
Fresca se inclina.

Más altanera cuanto más hermosa,
Su imagen mira en el tranquilo espejo,
Y el sol, del agua sobre el haz dudosa,
Pinta el reflejo.

El aura errante que al pasar murmura,
El dulce aroma de su cáliz bebe;
La sorda abeja que su esencia apura,
Néctar la debe.

Reina del huerto y de la selva gala,
Del césped brilla sobre el verde manto;
Libre a su sombra, el colorín exhala
Rústico canto.

No hay flor más bella.... Mas ¿a qué su orgullo,
Si el cierzo helado su botón despoja,
Y el agua arrastra su infeliz capullo
Hoja tras hoja?


II
Huye la fuente al manantial ingrata,
El verde musgo en derredor lamiendo,
Y el agua limpia en su cristal retrata
Cuanto va viendo.

El césped mece y las arenas moja,
Do mil caprichos al pasar dibuja,
Y ola tras ola murmurando arroja,
Riza y empuja.

Lecho mullido la presenta el valle,
Fresco abanico el abedul pomposo,
Cañas y juncos retirada calle,
Sombra y reposo.

Brota en la altura la fecunda fuente:
Y ¿a qué su empeño, si al bajar la cuesta
Halla del río en el raudal rugiente
Tumba funesta?


III
Lánzase el río en el desierto mudo,
La orilla orlando de revuelta espuma,
Y al eco evoca, cuyo acento rudo
Hierve en su bruma.

Su imagen ciñe pabellón espeso
De áspera zarza y poderoso pino,
Y entre las rocas divididas preso,
Busca camino.

Lecho sombrío, el rústico ramaje
Que riega en torno, misterioso ofrece;
Y el pardo lobo y el chacal salvaje,
Dél se guarece..

La tribu errante, el viajador perdido,
La sed apaga en su raudal corriente,
Y el arco cierra que sobre él partido
Cuelga del puente.

Mas ¿qué la sombra, el ruido y el perfume
Valen del cauce que recorre extenso,
Si el mar le cava, cuando en él se sume,
Túmulo inmenso?


IV
¡El mar, el mar! Remedo tenebroso
De la insondable eternidad, espera
De la trompa final el son medroso
Para romper hambriento su barrera.

Abismo cuyos senos insaciables
Jamás encuentra su avaricia llenos;
De misterios conserva inmensurables
Siempre preñados sus gigantes senos.

¡Eso es el mar! Gemelo de la nada,
Cinto que el globo por doquier rodea,
Centinela fatal, que encadenada,
La tierra guarda que sorber desea..

¡El mar! Como él, hondísimo y obscuro
El misterioso porvenir se extiende,
Y tras su negro impenetrable muro,
Nada, mezquina, la razón comprende.

El cerco de un sepulcro es su portada;
Tras él, se baja un escalón de tierra;
Pasado el escalón, la puerta hollada
Se abre, sorbe la víctima y se cierra.

Y allá van sin cesar, conforme nacen,
A morir uno y otro pensamiento;
Brotan unos donde otros se deshacen,
Bullen, caen y se hunden al momento.


V
Rosas la fa ente en la montaña brota,
Sécanse, caen y bajan con la fuente
Al río, que se va gota tras gota
Al hondo mar, que sorbe su corriente.

En un álbum de José Zorrilla

No sé si por el valle de la vida
Cruzaré, fatigado peregrino,
Acabando cual flor que consumida,
Se seca entre los brezos de un camino.

No sé si en pos de inspiración ardiente,
Rico y sediento el corazón de gloria,
Lo cruzaré cual rápido torrente,
Rastro dejando de inmortal memoria.

Mas ya ruede cual hoja que arrebata
Sonante y revoltoso torbellino,
Ya baje como excelsa catarata,
Ufano con mi espléndido destino,

Cuando al borde de tumba solitaria
Desparrame mis pobres pensamientos,
De mustias flores muchedumbre varia,
Secas entre mis últimos alientos,

Fiad, señora, que en tan triste lecho,
Siempre leal y generoso amigo,
Al ocupar mi cabezal estrecho,
Vuestra memoria dormirá conmigo.

Misterio de José Zorrilla

mujer misteriosa
Misterio

A mi amigo D. Antonio García Gutiérrez.

¡Ay! Aparta, falaz pensamiento,
Que eterno en el alma bulléndome estás,
Falsa luz que al impulso del viento,
En vez de guiarme perdiéndome vas.

Tras de ti por las sombras camino,
Ni noche ni día descanso tras ti;
Es seguirte tal vez mi destino,
Y acaso es el tuyo guardarte de mí.

Misteriosa visión de mi vida,
Más vaga que el caos en forma y color,
Te comprendo en mí mismo perdida,
Cual sueño penoso, cual sombra de amor.

Ya tu blanda amorosa sonrisa
Me presta esperanza, me aviva la fe;
Cual flor eres que aroma la brisa
Y en seco desierto olvidada se ve

Ya tu imagen sombría y medrosa
Me ciega y me arrastra en su curso veloz,
Como nube que rueda espantosa
En brazos del viento al compás de su voz.

Ya cual ángel de paz te contemplo,
Y ya cual fantasma sangrienta y tenaz;
En el valle, en la roca, en el templo,
Te alcanzo a lo lejos hermosa y fugaz.

Por doquiera te encuentran mis ojos;
No miro ni tengo más rumbo doquier,
Ya te muestres preñada de enojos,
Fantasma enemiga o risueña mujer.

Yo no sé de tu esencia el misterio,
Tu nombre y tu vago destino no sé,
Ni cuál es tu ignorado hemisferio,
Ni adónde perdido siguiéndote irá.

Mas no encuentro otro fin a mi vida,
Más paz, ni reposo, ni gloria que tú,
Que en el cóncavo espacio perdida,
Tu alcázar es su ancho dosel de tisú.

Por su rica región las estrellas
A veces brillante camino te dan,
Y otras veces tus místicas huellas
Por mares de sombras perdiéndose van.

Una brisa en las ramas sonando,
Que dice tu nombre imagino tal vez,
Y un relámpago raudo pasando,
Tu forma me muestra en fatal rapidez.

Yo, postrado al mirarte de hinojos,
Doquier que apareces levanto un altar,
Y arrasados en llanto los ojos,
Tal vez insensato te voy a adorar.

Mas al ir a empezar mi conjuro,
Mi torpe blasfemia o mi casta oración,
El Oriente en su cóncavo impuro.
Me sorbe irritado mi blanca visión.

Y tu imagen me queda en la mente
Informe, insensible, cual bulto sin luz
Que se crea el temor de un demente,
De lóbrega noche entre el negro capuz.

Sueño, estrella o espectro, ¿quién eres?
¿Qué buscas, fantasma, qué quieres de mí?
¿No hay sin ti ni dolor ni placeres?
¿No hay lecho, ni tumba, ni mundo sin ti?

¿No hay un hueco do esconda mi frente?
¿No hay venda que pueda mis ojos cegar?
¿No hay beleño que aduerma mi mente,
Que hierve encerrada de sombra en un mar?....

¡Oh! Si gozas de voz y de vida,
Si tienes un cuerpo palpable y real,
Deja al menos, fantasma querida,
Que goce un instante tu vista inmortal.

Dame al menos un sí de esperanza,
Alguna sonrisa, fugaz serafín,
Con que espere algún día bonanza
El golfo del alma que bulle sin fin.

Mas si es sólo ilusión peregrina
Que el ánima ardiente soñando creó,
¡Ay! deshaz esa sombra divina
Que viene conmigo doquier que voy yo.

Sí, deshazla, que en vano la miro
En torno a mis ojos errante vagar,
Si cual débil y triste suspiro
Se pierde en los vientos al irla a abrazar.

Sí, deshazla, que torpe mi mano,
Su mano en la sombra jamás encontró,
Ni el más flébil lamento liviano,
Avaro en mi oído su labio posó.

Muere al fin, ¡oh visión de mi vida!
Más vaga que el caos en forma o color,
A quien siento en mí mismo perdida,
Cual sueño penoso, cual sombra de amor.

Mas ¿qué fuera del triste peregrino
Que cruzando sediento el arenal
No encontrara jamás en su camino
Mansa sombra ni fresco manantial?

De esta vida en la noche tormentosa,
¿Qué rumbo ni qué término seguir?
Sin tu vaga presencia misteriosa,
Sin tu blanca ilusión, ¿cómo vivir?

Abriéranse mis ojos a mirarte,
Mis oídos tus pasos a escuchar,
Y al fin, desesperados de encontrarte,
Tornáranse en tinieblas a cerrar.

Despertara en la noche solitaria
De tus palabras al fingido son,
Y sólo respondiera a mi plegaria
El latido del triste corazón.

¡Sombra querida, sin cesar conmigo
Mis lentas horas hechizando ven,
Y el desierto arenal será contigo,
Huerto frondoso y perfumado Edén!

No expires, misterioso pensamiento
Que dentro oculto de mi mente vas,
Aunque no alcance el corazón sediento
Tu tanta esencia a comprender jamás.

No sepa nunca tu verdad dudosa;
Vélame, si lo quieres, tu razón;
Disípate a lo lejos vagarosa,
Mas sé siempre mi cándida ilusión.

Al fin sabré que junto a ti respiro,
Que estás velando junto a mí sabré,
Y que aun brilla oscilando en lento giro
La consumida antorcha de mi fe.

¿Qué me importa tu esencia ni tu nombre,
Genio hermoso, o quimérica ilusión,
Si en esta soledad, cárcel del hombre,
Dentro de ti te guarda el corazón?

¿Qué me importa jamás saber quién eres,
Astro de cuya luz gozando voy,
Término de mi afán y mis placeres,
Dios que sin fin idolatrando estoy?

Quienquier que seas, vano pensamiento,
Mujer hermosa que soñando vi,
O recuerdo o tenaz remordimiento,
Ni un solo instante viviré sin ti.

Si eres recuerdo endulzarás mi vida,
Si eres remordimiento te ahogaré,
Si eres visión te seguiré perdida,
Si eres una mujer yo te amaré.

Composición de José Zorrilla

Composición
Leída por los actores en el teatro del Príncipe en los días 6 de Septiembre y 11 de Octubre de 1839
de José Zorrilla



Hermanos como españoles.
Hartas ¡oh patria! lágrimas corrieron,
De sangre fraternal hartos arroyos,
De hartos valientes el sepulcro fueron
Charcas extensas y profundos hoyos.

Hoy, que calmada la sangrienta lucha
Tremolan a la par ambas banderas,
Blando, suspiro en derredor se escucha,
Corren de paz las lágrimas primeras.

Con ellas, sí, los párpados preñados,
Ha largo tiempo reventar querían,
Mas en la lid los ojos ocupados,
A vista de la sangre no podían.

Himnos de triunfo y de placer alcemos,
Y ya amigos y libres ciudadanos,
La sangre de esas lizas olvidemos
Que quema el corazón, mancha las manos.

Libres como españoles.
Libres también como nosotros eran;
No más su mengua tolerar pudieron,
Y helos aquí que con orgullo esperan
Bajo la enseña a que contrarios fueron.

Tended los brazos, de matar dolidos,
Libres tended las callecidas manos,
Que no hallaréis traidores escondidos
Tras el disfraz de libres y de hermanos.

Aquí está el trono que amparar debemos,
Aquí la Patria y Religión y Leyes;
Que aquí igualmente repartir sabemos
Libertad a los pueblos y a los reyes.

Generosos como españoles.
No hay más que un pabellón y una bandera;
Un sol alumbra, un ídolo se adora;
La frente ante él humillan altanera
Ambas huestes, vencida y vencedora.

De ambas la sangre en la montaña humea,
Tumba a entrambas común dio la montaña,
De ambas la sangre con honor se orea,
Que a ambas dio sangre la orgullosa España.

Ambas al fin de libertad reciben
Sin mengua ni mancilla el blando yugo,
Ambas con leyes fraternales viven,
Y donde no hay traición sobra el verdugo.

Venid, hermanos; a la par nacimos,
Al par dejamos la contienda fiera:
¿Queréis más? Olvidamos que vencimos;
No hay más que un pabellón y una bandera.

Aquella antigua raza de valientes
Cuyo brío español sembró el espanto
Por medio de las huestes insolentes
Que atropelló en Clavijo y en Lepanto;

Los que a Roma absoluta dieron leyes,
Los que sus velas por la mar tendieron
Dando a otro mundo religión y reyes
Hijos de España y nuestros padres fueron.

Si sujetos a error, como nacidos,
En contienda civil se desgarraron,
Ellos solos en bandos divididos,
Después que se batieron, se abrazaron.

Hijos de España y con valor nacimos;
Por arreglar nuestras contiendas fieras,
Harto como valientes combatimos;
Pleguemos de una vez nuestras banderas.

A ello nos brindan con tranquila sombra
De nuestras flores las silvestres calles,
De nuestras mieses la pajiza alfombra,
Y el verde pabellón de nuestros valles.

Que vale más gozar en la pobreza
Paz que a fuerza de sangre nos compremos,
Que a otro pedir con criminal pereza
La libertad que conquistar podemos.

¡Si, ciudadanos, raza de valientes
Cuyo brío español sembró el espanto
Por medio de las huestes insolentes
Que huyeron en Clavijo y en Lepanto,

No olvidéis que por premio merecido
Esos extraños, de la paz carcoma,
Querrán lo que salvar hemos podido
De las garras hipócritas de Roma!

No más de sangre bajarán teñidas
Los manantiales que la cumbre brota,
A contar a los pueblos afligidos
En cada infausto triunfo una derrota.

No más luchando con el rudo viento,
De cuervos roncos agorero bando,
Vendrá a mecerse donde el son violento
Del cóncavo cañón le esté llamando

No más al rayo de amarilla luna
Vagarán por la noche en la montaña
Las sombras de los héroes sin fortuna
Que gloria piden y sepulcro a España.

La gloria y el sepulcro que no hallaron
Cuando la vida por su patria dieron;
La gloria y el sepulcro que compraron
Cuando a los pies de su pendón cayeron.

¡Víctimas santas! ¡Sombras doloridas
Que insepultas dormís en la llanura,
Ya a través dejan ver vuestras heridas
Un sol de libertad y de ventura!

Ya podéis sin temor a la vergüenza
Alzar los ojos del sangriento caos;
No queda ya quien huya ni quien venza;
¡Fantasmas de los héroes, levantaos!

No receléis que al levantar la frente,
Tras rota peña o desplomado muro
Quede algún campesino irreverente
Que os aseste traidor plomo seguro.

Alzaos, sí; la paz de que gozamos,
Nosotros solamente nos la dimos,
No de extranjera grey la mendigamos,
Que a nadie juez de nuestra gloria hicimos.

Nuestra es la sangre que en la lid se orea,
Nuestra es la santa ley que obedecemos;
Grande o mezquina nuestra gloria sea,
Obra fue nuestra, y nuestra la queremos.

¡Atrás las lises de la intrusa Francia!
¡Atrás los mercaderes de Inglaterra!
Mientras valor nos quede y arrogancia,
No ha de faltarnos libertad ni tierra.

A la luna de José Zorrilla

luna nocturna
A la luna

Bendita mil veces la luz desmayada
Que avaro te presta magnífico el sol;
Bendita mil veces ¡oh luna callada!
Tu luz, que no enturbia dudoso arrebol.

En buen hora vengas, viajera nocturna,
Que el mundo en silencio visitando vas,
Esposa que viene constante a la urna
Que guarda los restos del bien que amó más.

En buen hora vengas, amante Lucina,
En pos de tu bello dormido Endimión,
Celosa asomando la faz argentina
Por ese estrellado y azul pabellón.

¡Oh! Miente quien dice que velas traidora
Cubriendo del crimen el réprobo afán,
Que aguardan inquietos tu luz bienhechora
Los que al sol fraguando delitos están.

No, no eres ¡oh, luna! la lámpara opaca
Que trémula vierte siniestra su luz
En bóveda impura do nunca se aplaca
El alma a quien prensa su losa y su cruz.

No, no eres la tea que alumbra maldita
Las manchas de sangre de regio panteón,
A cuyos reflejos soñando se agita,
Aun de ella sedienta, rabiosa visión.

No, no eres la hoguera del gran cementerio
Que guarda el del mando secreto final,
Que en esa morada de sangre y misterio
Sus ráfagas tiende la luz infernal.

No vienen contigo las voces medrosas
Que hierven y turban la sombra doquier,
No vienen contigo las nieblas odiosas
Que doblan el ruido y nos roban el ver.

No vienen contigo los vagos ensueños
Que acosan y hieren el ruin corazón,
Las torvas fantasmas de tétricos ceños
Que cruzan los aires en pos del turbión.

Tú vienes tranquila, fugaz, solitaria,
Cual blanca creencia de casta niñez,
Cual ángel que espía la triste plegaria
Que eleva al empíreo llorosa viudez.

Tú cruzas el limpio y azul firmamento,
Fanal de consuelo, de paz y de amor,
En alas de suave balsámico viento
Que arruga las aguas y maca la flor.

Y vienen contigo los sueños de plata,
Las lindas quimeras de antiguo placer,
Las sombras queridas que alegre retrata
La mente, olvidada del duelo de ayer.

Y vienen contigo las mágicas citas,
Los besos que expiran del labio al salir,
Las bellas historias de efímeras cuitas
Dichas a una reja que temen abrir.

Y vienen contigo los himnos errantes,
La seña embozada con una canción
Que, atrae a los ojos osados y amantes
Un rostro que aguarda la seña a un balcón.

Y vienen contigo las dulces memorias,
La audaz esperanza, la gloria inmortal,
Fantásticas luces que van ilusorias
Al soplo expirando de ráfaga real.

¡Ah, todo es consuelo, regalo y ventura,
Fanal misterioso delante de ti!
Suspiran las fuentes, el río murmura,
Aquí te gorjean, te arrullan allí.

Los juncos se mecen, los árboles suenan,
El bosque se puebla de sombras de paz,
Y el aire sonidos dulcísimos llenan
Que lleva invisible la brisa fugaz.

¡Luna! Cuántas veces tu luz ha alumbrado
Mi larga vigilia, mi breve ilusión;
¡Luna! Cuántas veces con ella ha sonado,
Perdida en el viento a mi triste canción.

Y aún cuantas veces allá todavía
En playas remotas tal vez sonará.
Entonces ¡oh luna! la cítara mía
¿Qué oído en sus ayes o risas tendrá?

Tal vez entre el recio menudo ramaje
Que ciñe del ancho desierto el lindal,
Responda a mis voces un ave salvaje
Huyendo a lo largo del seco arenal.

Tal vez a la orilla del mar tempestuoso
Tu pálida imagen por él seguiré;
Tal vez con las ondas del mar proceloso
Mis lágrimas turbias mezclarse veré.

Y acaso mis ojos, del agua que broten
Por entre el ardiente confuso cristal,
Verán, sin que nunca sus fuentes se agoten,
Huir por los cielos tu errante fanal.

¡Luna! Si esa noche de angustia llegara,
Si huyera esquivando mi pueblo español,
¡Luna, más valiera que el sol te prestara
Un rayo que apague mi gloria y mi sol!

Mas no, clara y celeste peregrina,
Luz de los bosques, de los tristes luz,
cuyos rayos el amor camina
E invoca al justo que murió en la cruz.

No, blanca reina de la turbia noche,
Amiga del cantar del trovador,
Tú que refrescas el modesto broche
Que a tu luz pliega la silvestre flor;

Tú me darás magníficos cantares,
Grandes como tu Dios y como tú,
Como esos que, del cielo luminares,
Orlan los pabellones de tisú.

Tú inspirarás a mi sonante lira
El fuego del profeta que lloró
El peligro de Pérgamo y Thyatira,
La rebelde impiedad de Jericó.

Tibia, modesta, fugitiva luna,
Cuya rápida y trémula ilusión
Pinta el mar y el arroyo y la laguna
En vistosa y flotante aparición;

De cuya imagen en redor tranquila,
Allá en bosques de conchas y coral,
De errantes peces multitud se apila
Que te besan tu imagen de cristal;

Tú, a quien un ángel invisible guía
Y millares de estrellas van en pos,
Tú me darás palabras de armonía
Con que cantar la gloria de tu Dios.

Lejos de mí los velos de esa Diana
Que del bosque en la obscura soledad,
En brazos de un mortal busca profana
Misterios de placer y liviandad.

Lejos de mí los cánticos impuros
De ese bello y perdido cazador
Que los valles audaz cerró seguros
Con barreras de fábulas de amor..

Yo te adoro, magnífica lumbrera,
Tan sólo por tu tibia brillantez,
Y no veo en tu espléndida carrera
Más que la mano del eterno Juez.

Surca ¡oh Luna! esos techos de topacio
Que él te señala por camino a ti,
Mientras que preso en reducido espacio,
Su voz espero cuando venga a mí.

A mí, que ingrato y prófugo poeta,
Creo en el Dios a cuyo soplo fue
Cuanto en la tierra y en la mar vegeta,
Cuanto no he visto ni jamás veré.

¡Ah! Cuando el mundo en su erial desierto
Me dé un lecho de tierra en que dormir,
Y vayan, presa del destino incierto,
Conmigo mis cantares a morir,

¡Oh Luna! si en mi túmulo no brilla
De humana gloria la extinguida luz,
Cuelga al menos tu lámpara amarilla
Sobra su rota y olvidada cruz.

Horizontes de José Zorrilla

I
Lanzó al mundo en mitad de las tinieblas
El soplo del Señor, y empezó el mundo
A rodar en un piélago de nieblas,
Cercado del silencio más profundo.
Miró la creación el que la hizo,
Mas no le satisfizo;
Y rasgando sus negras colgaduras,
Sacudió con su planta el firmamento;
Brotó una chispa, se inflamó en el viento,
Y el sol se derramó por las alturas.



II
«Tú girarás, le dijo, eternamente;
Cuatro estaciones marcarás iguales,
Y será tu fanal resplandeciente
Tu sombra de mis ojos inmortales.»
Giró el sol, y a su vista, alborozado
El mundo iluminado,
En himno universal rompió sonoro,
Y cuanto tuvo un soplo de existencia
Exhaló sonoroso en su presencia
Música dulce en acordado coro.



III
Mecióse el mar con colosal murmullo,
El viento resonó por las montañas,
Murmuró el bosque soñoliento arrullo,
E hirió el arroyo sus sonantes cañas.
Ensayaron sus cánticos las aves;
Armoniosos y graves,
Los acentos del hombre resonaron;
Y con notas más roncas y severas,
Su voz alzaron sin compas las fieras,
Y los ecos salvajes la imitaron.



IV
Fuente de luz y manantial de vida,
El sol fecunda nuestra madre tierra,
Y en arroyos al llano convertida,
Vierte la nieve que apiló en la sierra.
Brotan a su calor hierbas y flores;
Sus manchas y colores
Da a cuanto dora con su lumbre pura,
Y mil insectos que las auras hienden,
A separar solícitos atienden
Del semen virgen la semilla impura.



V
Mas o vacilan mis cansados ojos,
o yo he visto en Oriente y en Ocaso
Lagos de sangre, cuyos pliegues rojos
Al sol alfombran el gigante paso.
Y jamás comprendió mi entendimiento
El misterio sangriento
Que ese color del horizonte vela;
Y por más que lo pienso y lo medito,
Nada el arcano que conserva escrito
Ese renglón de sangre me revela.



VI
He visto al sol posarse en el Oriente
Al derramar su esplendorosa lumbre,
Y le he visto posar en Occidente
Al transponer la postrimera cumbre.
Magnífico a su vuelta y su partida,
Su marcha y su venida
Mudo y absorto cada vez contemplo;
Él recoge sus rayos o los suelta,
Y siempre a su venida y a su vuelta,
De Dios concibo al universo templo.



VII
Sí, siempre posa un punto en el Oriente
Y otro punto al doblar la última cumbre;
Mas siempre ciñe en su alba y su occidente
Banda sangrienta su radiante lumbre.
Entrambos los crepúsculos clarear,
Mientras al sol rodean
Ráfagas anchas de color sangriento;
Y al irse y al venir, su última tinta
Ese triste color siniestro pinta
En el confín del azulado viento.



VIII
¿Qué guarda ese rojizo cortinaje
En los remates de la luz prendido?
¿Un torbellino no hay que le desgaje
Si a alcance de los vientos va perdido?
Si es un vapor que se desprendo lento,
Espeso y turbulento
De la esencia del sol, en su camino,
¿No hay solícito un ángel cuyo brazo
Arranque de la luz ese pedazo
Que mancha al sol su resplandor divino?



IX
Si es de los aires ilusión dudosa,
Que la distancia en el azul suspende,
¿Por qué no pinta su ilusión de rosa,
Y no ese rojo pabellón que ofende?
¡Necio de mí, gusano de la tierra,
Que quiero lo que encierra
Saber el mundo en su invisible centro,
Y demando a su autor omnipotente,
Cuando nací a adorarle solamente,
Y para amarle por doquir le encuentro!



X
Al hundirse la luz detrás del monte,
Sorbida entre las nubes y las breñas,
Lumbre vomita el trémulo horizonte,
Que en sangre tiñe las enormes penas.
Faja de sangre, inmensa banderola
Que en su alcázar tremola
El que hizo el mundo de ceniza vana,
Cual rojo lienzo que pirata osado
Despliega ante el bajel atribulado
Que a todo trapo por huir se afana.



XI
Que era el sol un espejo transparente
Donde el Señor su creación veía,
Y desde él derramaba, omnipotente
Dulce vida de amor y de armonía.
Y hubo un instante en que, amoroso, quiso
Al hombre abrir su santo Paraíso
Tras aquella existencia de ventura:
Mas a Dios usurpando su derecho
De deshacer lo hecho,
Sangre vertió la necia criatura.

La tierra se manchó; Dios, indignado,
Quitóse del cristal, y su reflejo,
Con los ojos de Dios iluminado,
Pintó la mancha y sombreó el espejo.
Volvió asimismo Dios al sol mandando:
«Tú seguirás rodando;
Su raza alumbra y que lidiando crezca;
La tierra empape con su sangre impura:
Mas cuando quede con la sangre obscura,
No la reflejes más, y que perezca.»



XIII
Dijo Dios, y cerróse en su santuario,
Y al rudo golpe que sus puertas dieron,
La madre tierra, con impulso vario,
Monstruos sedientos de matar cubrieron.



XIV
Nin, Nembrot, Sesostris y Cambisos,
De sangre a Egipto con furor regaron;
Alejandro, Conón, Jerjes y Ulises,
En sangre a Grecia sin piedad bañaron.
Grecia tragó al Egipto, a Grecia Roma,
Y en Roma, que desploma
Sus legiones doquier, y ansiosa apila
Montones de coronas sin cabezas,
Metió a pisar su gloria y sus grandezas
Su negro palafrén el torvo Atila.



XV
¡Y eso es la gloria, y las hazañas eso!
Los héroes nacen, y la tierra tinta,
Por do queda su pie con sangre impreso,
La negra mancha en el espejo pinta.
Venid, guerreros, degollad sin tino,
Que el sol va su camino
La luz menguando, sin cesar siguiendo,
Y cada estatua a vuestra gloria alzada,
Es una sombra que la luz menguada
Del moribundo sol va carcomiendo.

Impresiones de la noche de José Zorrilla

Hay pensamientos que en la mente viven
En un rincón de la memoria echados,
Cual los insectos que su ser reciben
De los arbustos a que están pegados.

Duermen al parecer; mas como aquéllos
Al soplo de una brisa se levantan,
Crecen, vuelan, y al fin toman, cual ellos,
Formas medrosas que la vista espantan.

Hijas del miedo, y de la fe contrarias,
Vagas visiones de la noche umbría,
Bullir las vemos en la niebla fría,
Nada en la esencia, y en la forma varias.

Quimeras que hallan siempre en la memoria
Silenciosa mansión, gracias postizas,
Y que reciben faz, cuerpo e. historia,
En los cuentos y error de las nodrizas.

Van con la noche, de la noche hermanas,
Y con murmullos infinitos suenan,
En las alas del viento van livianas,
Y el alma, el viento y el espacio llenan.

¡Paso, de cieno fábulas impuras,
Paso dejad al noble pensamiento
Que anhela respirar auras más puras
En el cóncavo azul del firmamento!

¿Piensas, turba de sueños impostora,
Hacerlo por el miedo tu vasallo,
Como al son de la fusta cimbradora,
Jinete admite el volador caballo?

Yo os recibí al nacer como ilusiones:
Si el corazón cobarde os dio aposento,
Hoy necesita, imbéciles visiones,
Todo mi corazón mi grande aliento.

Con la noche venís, y osáis con ella
Turbar al corazón que en paz reposa;
Mas de la noche en el poder se estrella
Vuestro poder y ciencia mentirosa.

¡Paso! Mis ojos, en su azul tendidos,
La paz que les robáis otra vez hallan,
Y en los misterios de la fe perdidos,
Vuestros misterios de impureza callan.

Para lanzar vuestra influencia impía,
A la influencia celestial acudo,
Y de la noche silenciosa, umbría,
La solitaria inmensidad saludo.



I
¡Salve tienda magnífica colgada
De polo a polo sobre el aire manso,
Del caduco universo destinada
A proteger el funeral descanso!
¡Salve a quien mora en la escondida altura,
Detrás de esa estrellada colgadura!
¡Salve a quien vela el agitado sueño
De esos gusanos, que a sus pies tendidos,
Manchan con sus alientos corrompidos
La orla imperial del manto de su dueño!



II
Sí, que a mis ojos se resiste en vano
De la insondable eternidad el velo,
Y yo veo, Señor, tu inmensa mano
Tras el azul del transparente cielo.
Infinita, Señor, tu omnipotencia,
Infinito el abismo de tu ciencia,
Infinito tu ser, y Tú infinito,
NO HAY MÁS QUE TÚ; y tu soplo poderoso,
Que anima el mundo, presta generoso
Vida a la alma virtud, vida al delito.



III
Que Tú, amasando el polvo de la nada,
Con tu suprema voluntad un día
Diste al hombre esta espléndida morada,
Igual para el que fue y el que sería.
«¿Quieres vivir? Tu aliento es el espacio.
¿Quieres tener? El orbe es tu palacio.
¿Quieres mandar? Al señalarlo nombre,
Puedes gozarlo e invadirlo todo.
Yo, que a mi gloria te saqué del lodo,
Fe y libertad te doy», dijiste al hombre.



IV
Y el hombre fue; y el hombre, envanecido,
Olvidando al Señor que le formara,
No partió por igual lo recibido,
Se armó insolente y le volvió la cara.
Oídos dando al corazón villano,
El hermano lidió con el hermano,
El hijo con el padre, en torpe guerra,
El alma en las entrañas se buscaron,
Y uno de otro en la sangre se bañaron
Por un pie más de la heredada tierra.



V
De tu obra entonces, gran Señor, corrido,
Ingrata viendo a tu mejor hechura,
Sobre el mundo tendistes ofendido
La espesa sombra de la noche obscura.
Volviéndote a tu carro rutilante,
Empuñaste las bridas de diamante;
Tus caballos de fuego se lanzaron
Por el espacio, y caminando a obscuras,
Al choque de sus recias herraduras
Miles de estrellas en su azul brotaron.



VI
Al ceño de tu cólera divina
Los mundos con pavor se estremecieron,
Confundióse su esencia peregrina,
Y las miserias y la muerte fueron.
Brotó la tempestad. Sorbió el nublado
Las ondas de la mar, y desbocado,
En hombros cabalgando de las nieblas,
Su pedrisco doquier vertió sin tino,
Y borrando los lindes del camino,
Tierra y mar embozó con las tinieblas.



VII
¿Quién osará, Señor, en la memoria
La idea renovar de tu honda ira?
El mundo sabe la tremenda historia,
Y aun, al mentarla, de terror suspira.
La obra de tu poder atropellando,
Seguías Tú la creación cruzando
Sin término, ni objeto, ni vereda,
Y tus ojos, Señor, relampagueaban,
Y las nubes errantes reventaban,
De tu carro inmortal bajo la rueda.



VIII
Todo cayó a tus pies; todo en pedazos
volver se aprestó a su antigua nada;
Pero su polvo tropezó en tus brazos,
Y a ser tornó la fábrica empezada.
Te volviste a mirar sobre tus huellas,
Y al ver que de tus ojos las centellas
Lo iban todo a incendiar, compadecido,
La noche hicistes, que tendió en el cielo
Su pabellón azul de terciopelo,
Que en medio del cenit quedó prendido.



IX
Tras él está velando tu pupila;
Mansa tras él la creación pasea,
Y el universo de terror vacila
A su gran resplandor sí pestañea.
Las nubes con su luz se tornasolan,
El Oriente y Ocaso se arrebolan
Con sus puros y espléndidos colores,
Y a su dulce calor se alza indecisa
La perfumada y soñolienta brisa
Que susurra en las hierbas y en las flores.



X
¡Salve otra vez, magnífica cortina,
Que ante los ojos de tu Dios colgada,
La lumbre de sus ojos te ilumina
Sobre el desierto del dolor plegada!
Yo sé en mi corazón, noche sombría,
Que es tu manto de rica argentería
Prenda de que nacimos sus vasallos,
Que al salpicarte Dios con tus estrellas,
Nuestro orgullo alumbró con las centellas
Que brotan de los pies de sus caballos.

Fe de José Zorrilla

I
«En manos del placer adormecido,
Sin otro porvenir que los placeres,
El oro y las mujeres
Mi solo Dios y mi esperanza han sido.
¡Lindas quimeras de mi edad pasada
Que me dejáis el alma emponzoñada,
Decid, ¿dónde habéis ido?

»Lancéme a los deleites avariento,
Gocé con ansia y apuré su hartura;
Mi Dios y mi ventura
Asentó en el placer mi pensamiento.
Otro esperar mi corazón no quiso;
Y hoy, ¿dónde hallar el dulce paraíso
Que edifiqué en el viento?

»¿En dónde estás, riquísimo tesoro
De placer y de amor, lánguida Elvira,
Con cuyo amor respira
Mi corazón, y cuya sombra adoro?
Elena, Inés..., bellísimas traidoras,
¡Ay! ¿qué habéis hecho de mis dulces horas
Y mis montones de oro?

»¿Qué he de hacer sin vosotras y sin ellos,
Solo afán ¡ay de mí! con que he vivido,
Solo Dios que he creído?
Fe de mi juventud, delirios bellos,
¿Qué he de creer ni de esperar ahora
Que tornándose van hora por hora
Más blancos mis cabellos?

»Y ¿dó encender la lámpara apagada
De mi dudosa fe, dó ir por consuelo,
Si yo del santo cielo
En el escrito azul no sé leer nada?
¡Si en su vieja impiedad endurecida,
No ve tras dél el alma envilecida
Su fin y su morada!

«¡Imposible creer! Pero ¡ay! cuán duro
En duda pertinaz ir caminando,
Sin creencia esperando
Un negro más allá nunca seguro!
¡Ay del que nada cree y en nada espera,
Y no encuentra una luz que alumbre fuera
De caos tan obscuro!

»No, no me sé amparar del cielo santo,
Que perdón no tendrá tanto delito.
Y el castigo infinito,
Si me le atrevo a imaginar, me espanto.
¡Mejor es no creer! Triste es la duda,
Mas no hay puerto mejor adonde acuda
Por entre escollo tanto.»

Así pensó el ateo, y ¡cuán en vano!
Que al olvidar su celestial esencia,
De la tenaz conciencia
Dentro del corazón sintió el gusano.
Tornóse al cielo en su árida agonía,
Mas nada en él deletrear sabía
Su corazón profano.

Ciego que sabe que la luz existe,
Que oye elogiar el resplandor del cielo
Y no le es dado desgarrar el velo
Que ante sus ojos a la luz resiste,
¡Mira!, lo dicen, y en su audaz deseo
Tórnase a ver, y exclama: ¡Nada veo!
Desesperado y triste.

¡Mejor es no creer! Y abandonado
Sin esperanza en brazos de sí mismo,
Por el obscuro abismo
De la duda fatal va despeñado:
¡Mejor es no creer! Y en su agonía
Siente que llega el postrimero día:
Y ¡ay dél si se ha engañado!

¡Ay del jardín donde las zarzas crecen!
¡Ay del palacio que las aves moran!
Y ¡ay de los siervos que impiedad imploran
Cuando en presencia del Señor parecen!
Y ¡ay, ay de los que cruzan el desierto
Y no conocen el camino cierto,
Y en la mitad del arenal perecen!



II
Espíritu blanco y puro
Que con tu fanal seguro
Por el lóbrego recinto
Del mundano laberinto
Mis pasos guiando vas;
Ángel que invisible velas
Mi existencia, y me consuelas,
Y en la noche sosegada
A la orilla de mi almohada
Mi sueño guardando estás;

Tú que con alas de rosa
De mi mente calurosa
Benigno apartas y atento
El mundano pensamiento
Y la torpe tentación,
¡Ay, nunca de mí te alejes,
Nunca en soledad me dejes
Sin que tu fanal me alumbre,
Y esa ruin incertidumbre
No me roa el corazón!

Espíritu soberano,
Tiéndeme siempre tu mano,
Y mi afán, mi pensamiento
Endereza al firmamento,
¡Oh espíritu tutelar!
Y en la noche silenciosa,
Si brota mi fe dudosa
Alguna plegaria impía,
Con tu aliento de ambrosía
Purifícala al pasar.

Ángel cuya sombra adoro,
Cuyo nombre santo ignoro
Cuyo semblante no veo,
Y en cuya presencia creo,
Y cuya existencia sé,
Muéstrame el camino cierto
De este mundo en el desierto,
Y ¡guay que sin fin no vague
Y con los vientos se apague
La lámpara de mi fe.

A España artística de José Zorrilla

¡Torpe, mezquina y miserable España,
Cuyo suelo, alfombrado de memorias,
Se va sorbiendo de sus propias glorias
Lo poco que ha de cada ilustre hazaña:

Traidor y amigo sin pudor te engaña,
Se compran tus tesoros con escorias,
Tus monumentos ¡ay! y tus historias,
Vendidos llevan a la tierra extraña.

¡Maldita seas, patria de valientes,
Que por premio te das a quien más pueda
Por no mover los brazos indolentes!

¡Sí, venid ¡voto a Dios! por lo que queda,
Extranjeros rapaces, que insolentes
Habéis hecho de España una almoneda!

Ira de Dios de José Zorrilla

el angel exterminador
Ira de Dios
El ángel exterminador
de José Zorrilla



En un confín recóndito del cielo,
De una selva viviente circundado,
Denso y confuso y misterioso velo,
Que le tiene del orbe separado,
Hay un alcázar de azabache, obscuro,
Que en un hondo torrente ensangrentado
La sombra pinta de su inmenso muro
En contornos de sangre reflejado.

Jamás el aura de perfume henchida,
Que en los jardines del Edén murmura,
En tal lugar estremeció perdida
Del rudo bosque la hojarasca dura,
Ni el sol radió con fugitiva lumbre,
Ni sonó por la lóbrega espesura,
Ni retumbó la cóncava techumbre
Más que el rugir de la corriente impura.

El aire denso, sin color e inmoble
Que aquel recinto por doquier rodea,
Hace el pavor de quien se acerca doble,
Y doble el caos a quien ver desea;
Sólo se alcanza entre las altas puntas
Que el recio vendaval nunca cimbrea,
Entre dos torres del alcázar juntas,
Un faro que en la sombra centellea.

Ni ser alguno penetró el misterio
Que guarda allí la ciencia omnipotente,
Ni se sabe cuyo es aquel imperio
Donde nunca se oyó rumor de gente;
Ni arcángel sabio, ni profeta diestro,
De este sitio alcanzó confusamente
Más que la lumbre del fanal siniestro
Y el estruendo medroso del torrente.

En este bosque oculto y solitario,
En este alcázar negro y escondido,
Donde nunca llegó pie temerario,
Ni descansó jamás ojo atrevido,
Ni más sol alumbró que el rayo rojo
Del fanal en sus torres suspendido,
Tiene el Señor las arcas de su enojo
Y el horno de sus rayos encendido.

Y allí vivo un espíritu terrible
Quo al son de aquellas aguas se adormece,
Y a los ojos de Dios sólo visible,
Al acento de Dios sólo obedece.
Arcángel vengador, del cielo asombro,
Cuando deja el lugar do se guarece,
El rayo ardiendo y el carcaj al hombro,
Pronto a la lid ante su Dios parece.

Espíritu sin fin ni nacimiento,
La eternidad existe en su memoria;
Él solo del sagrado firmamento
Entera sabe la infinita historia;
Y al solo ruido de sus negras alas,
A su sola presencia transitoria,
Del firmamento en las eternas salas
Se suspenden los cánticos de gloria.

Aborto del furor omnipotente,
Arcángel torvo que las vidas cuenta,
Vela de Dios el arsenal ardiente
Y los ultrajes del Señor asienta.
El carro guarda allí, cuya cuadriga
Relincha con la voz de la tormenta,
Y allí está con su lanza y su loriga
La copa en que su cólera fermenta.

En ella hierve, con fragor horrible,
El ancho vaso hasta los bordes lleno,
El tremendo licor incorruptible
De las iras de Dios; y en su hondo seno
Se fermenta la esencia del granizo
Y de la peste el infernal veneno,
Y el germen del relámpago pajizo,
Y el espíritu cóncavo del trueno.

Allí está el aire que el contagio impele,
El zumo allí de la cicuta hendida,
La sed del tigre que la sangre huele,
Y de la hiena la intención torcida.
Y allí bulle en el fondo envenenado,
La única de furor lágrima hervida
Con que lloró Luzbel, desesperado,
Su venturosa eternidad perdida.

En aquel arsenal inexpugnable,
Instrumentos de la ira omnipotente
Germinan en rebaño formidable
Las mil desdichas de la humana gente.
Y los vicios, en torpe muchedumbre,
Se apiñan a beber la luz caliente
De aquel fanal de cuya viva lumbre
Es el sol una chispa solamente.

De allí se lanza, con horrible estruendo,
A ejecutar la voluntad divina
El misterioso espíritu tremendo
Que en este alcázar funeral domina.
Arcángel fiero, portador de enojos,
Ase la copa, y por doquier camina,
El aire inflaman sus airados ojos,
Y las estrellas con los pies calcina.

Con él va la tormenta; el trueno ronco
Bajo sus alas cruje; desgreñada,
De armas y quejas con estruendo bronco,
La guerra detrás de él va despeñada;
Y asidas a las orlas de su manto,
Van tras él con la muerte descarnada,
La peste, el hambre, y el amor, y el llanto,
Y la ambición, de crímenes preñada.

El espacio a su vista palidece
Y entolda su magnífica apariencia,
El disco de la luna se enrojece,
Y mancha el sol su fulgurante esencia.
Doquier las nubes que su sombra evitan,
Se chocan y se rompen con violencia,
Y cometas doquier se precipitan,
Presagios ¡ay! de la fatal sentencia.

A su soplo la mar se encoleriza,
Y con gigante voz muge y atruena;
La planta de sus pies torna en ceniza
La limpia concha y la esponjosa arena.
El monte huella y la cerviz le inclina;
Pisa en el valle y de fetor le llena;
Y en la ciudad que a perecer destina,
Vierte el licor fatal y la envenena.

Y ése el arcángel fue que, inexorable,
Lanzó al desnudo Adán del Paraíso,
Y de su raza en él junta y culpable,
Fijó a la vida término preciso.
Él arrancó en el Gólgota empinado
El ¡ay! postrero que exhaló sumiso
El Dios que de la mancha del pecado
Borrar la sombra con su sangre quiso.

Él turbó la insensata ceremonia
Del pueblo santo ante el becerro impuro;
Sentenció a Baltasar y a Babilonia
Con tres palabras que pintó en el muro;
Inspiró al receloso Ascalonita
El degüello fatal, y abrió seguro
Nicho a Faraón, que con su gente habita
Del indignado mar el fondo obscuro.
Él llevó el fuego de Alarico a Roma,
Llevó a Jerusalén a Vespasiano,
En una noche convirtió a Sodoma
En lago impuro y en vapor insano.
Rompió las cataratas del diluvio,
Cegadas al impulso soberano,
Y encendió las entrañas del Vesubio,
Que busca sin cesar otro Herculano.

Y ése será el espíritu tremendo
Cuya gigante voz sonará un día,
Y a su voz, de la tierra irá saliendo
La triste raza que en su faz vivía.
La creación se romperá en sus brazos,
Y cuando toque el orbe en su agonía,
Cuando a su soplo el sol caiga en pedazos,
¿Qué habrá ante Dios? La eternidad vacía.

Romance de José Zorrilla

Romance
de José Zorrilla


«Decir que fiso Alfonso Álvarez de Villasandino para la, tumba del rey don Enrique el viejo.


Mi nombre fué don Enrique,
rey de la fermosa España.
Todo ombre verdat publique
sin lisonja por fasaña.
Pobre andando en tierra estraña
conquistó tierras e. gentes.Alineación al centro
Agora parad bien mientes
quel yago tan sin compaña
so esta tumba tamaña.

Con esfuerzo e. lozanía
E. orgullo de corazón
fuí rey de grant nombradía
de Castilla e. de León.
Puse freno en Aragon,
En Navarra e. Portugal:
Granada miedo mortal
ovo de mí esa sazón,
recelando mi opinión.

A los míos e. a estraños
fui muy franco e. verdadero.
Poco mas de dose años
me duró este bien entero.
Nunca creí de ligero.
Bien guardé sus privillejos
a fidalgos e. concejos:
conosciendo a Dios primero,
de quien galardon espero.

Mi alma va muy gozosa
por dejar tal capellana,
tan complida, e. tan onrosa
la muy noble doña Juana,
muy onesta, e sin afana,
reina de liña real,
mi muger noble, leal,
en todo firme o cristiana,
quita de esperanza vana.

Dejo a los castellanos
en riquezas, sin pavor:
de todos sus comarcanos
hoy le lievan lo mejor.
Por su rey e. su señor
les dejo muy noble infante
don Juan mi fijo, bastante,
bien digno e. merescedor
para ser emperador.
«Decir de Pero Ferrús al rey don Enrique.
Don Enrique fué mi nombre,
rey de España la muy gruesa,
que por fechos de grant nombre
meresco tan rica fuesa.
Grave cosa nin aviesa
nunca fué que yo temiese,
porque el mi loor perdiese;
ni jamás falté promesa.

Nunca yo cesé de guerras
treinta años continuados.
Conqueré gentes e. tierras,
e. gané nobles regnados.
Fis ducados e condados,
o muy altos señoríos:
e. di a extraños e. a mios
mas que todos mis pasados.

En peligros muy estraños
muchas veces yo me vi,
e. de los míos sosaños
sabe Dios cuántos sofrí.
Contemprarme sope así
con esfuerzo e. mansedumbre.
El mundo por tal costumbre
sojuzgar yo lo creí,

Sabed que con mis hermanos
siempre yo quisiera paz,
adoviéronme tiranos
buscándome mal asaz.
Quísolo Dios, en quien yaz
el esfuerzo o poderío,
ensalzar mi poderío
e. a ellos di mas solaz.

Con todos mis comarcanos
yo paré bien mi fasienda
quien al quiso, amas manos
ge lo puse a contienda.
E. bien así lo entienda
el que fue mi coronista,
que de paz o de conquista
onrosa quis la enmienda.

En la fe de Jesu-Cristo
verdadero fuí creyente,
e. a la iglesia bien quisto,
muy amado o obediente.
Fis onra muy de talante
cuanto pude a sus prelados,
seyendo de mí llamados
señores ante la gente.

Con devocion cuanta pud
yo serví a Santa María,
preciosa Virgen, salud,
nuestra dulzor, e. alegría.
Por saña, nin por follía,
a santa jamas, nin santo,
nunca yo dije mal, cuanto
los ojos me quebraría.

E. teniendo yo mi imperio
en paz muy asosegado,
que cobré con grant laserio
por onrar el mi estado,
plogo a Dios que fuí llamado
a la su muy dulce gloria,
do estó con grant vitoria.
El su nombre sea loado.

La mi vida fue por cuenta
poco mas que el comedio;
cinco años mas de cincuenta
e. cuatro meses e. medio.
Púsome Dios buen remedio
a mi fin, que yo dejase
fijo noble que heredase
tal que non ha sin medio.

Deben ser los castellanos
por mi alma rogadores,
ca los fis nobles, ufanos,
guerreros, conquistadores:
e. a Dios deben dar loores
por los dejar yo tan presto
mi amado fijo onesto,
de liña de emperadores.

Yo le dejo bien casado
con la infante de Aragon;
porque partí consolado
al tiempo de mi pasion.
A este viene bendición
e. los regnos por linages.
Los que de estoria son sages
saben bien esta razón.

Dejo noble muger bueua,
que es la reina doña Juana,
que por todo el mundo suena
su grant bondat sin ufana.
Non cesa noche e mañana
facer por mí sacrificios,
que son deleites e vicios
a mi alma que los gana.

Ella sea heredada
en paraiso conmigo,
do lo tien presta morada
Jesu-Cristo, su amigo.
De hoy mas a vosotros digo,
vasallos, e mis parientes,
e. yo dejo a todas gentes
este escripto por castigo.

Quien muy bien escuadriñare
las razones que en el dis,
o cobdicia en sí tomare
de los fechos que yo fis,
non engruese la cervis
echándose a la vilesa,
nin se paguen de escasesa,
que a todo mal es raís.

Quien vivir quiere en ledicia
o del mundo ser monarca,
desampara la cobdicia,
que todos males abarca.
Franqueza sea su arca,
esfuerzo e bien faser,
que lo tal suele tener
mucho bien a su comarca.»

La noche no tiene ruido de José Zorrilla

La noche no tiene ruido
Romance
de José Zorrilla



La noche no tiene ruido,
En la sombra no hay color,
No hay en los viejos cuidado,
Las dueñas no tienen voz;
Pero cuando todos duermen
Estamos velando dos:
Ella, en la reja sentada,
Y al pie de la reja, yo.

Mis ojos no ven sus ojos,
No ven su tez transparente,
No ven su rosada frente
Ni su sonrisa de amor;
No ven el rubor de virgen
Que sus mejillas colora;
Tiene quince años ahora....,
Las niñas tienen rubor.

No ven mis ojos avaros
Su casi desnuda espalda,
Ni entre la revuelta falda
Asomado el blanco pie:
Como en la orilla de un río,
Rompiendo la inquieta espuma,
Tender la flotante pluma
Nevado un cisne se ve.

Ni en su garganta y sus hombros
El alto pecho imagino,
Ni por su rostro adivino.
Del corazón la inquietud;
Y tiene la áspera reja
Centinela desvelado:
Delante el amor osado,
Detrás la frági1 virtud.

Mas ¡pese a la densa reja,
Pese a la noche sombría,
Ya tengo ¡paloma mía!
El alma bañada en ti!
Tengo mis labios de fuego
Sobre tus labios de rosa,
Y en tu pecho late, hermosa,
Un corazón para mí.

¡Adiós!, que por el Oriente
La luz importuna sube,
Y envuelto en húmeda nube
Las tinieblas rasga el sol,
Y para una niña en vela
Y el galán que la enamora,
Mucha luz tiene la aurora
En el brillante arrebol.

Vierte el alba en su sonrisa
Su armonía y su color,
Y se columpia la brisa
En el cáliz de la flor;
De rosa, lirio y claveles,
Robando el fragante olor,
Cuelga en los anchos laureles
Gemido murmurador.

Y gime la fresca fuente
Bajo el manto de cristal,
Y gime lánguidamente
La tórtola angelical;
Y enamorada paloma
Bebe la luz matinal,
Meciendo el aura de aroma
Con arrullo desigual.

En tanto el noble mancebo
El ancho jardín cruzó,
Murmurando por lo bajo
Enamorada canción.
«¡Oh! Vuelve, noche sin ruido,
Con tu sombra sin color,
Con tus viejos sin cuidado
Y cien tus dueñas sin voz;
Porque, cuando todos duerman,
Volvamos a velar dos:
Ella, en la reja sentada,
Y al pie de la reja, yo.»

La sorpresa de Zahara de José Zorrilla

La sorpresa de Zahara
Romance de 1841
de José Zorrilla



I
Está Zahara en una altura
entre montaña y colina
sentada en la peña dura,
que asoma la cresta obscura
por entre Ronda y Medina.
Cuando encienden los cristianos
de noche hogueras en ella,
no distinguen los paisanos
si son sus fuegos lejanos
luz de atalaya o de estrella.
Y al bajar al Occidente
confunde la luz del sol
las lágrimas de la fuente
y el arnés resplandeciente
del centinela español.
Y si alguna nube errante
del valle exhalada sube,
parece el pendón flotante
hijo de la blanca nube
que va saltando delante.
Allí los moros pusieron
sus atalayas un día;
un foso después abrieron,
y la villa concluyeron
porque el invierno venía.
Tuviéronla muchos años
de los cristianos guardada,
y con mil modos extraños
causáronles muchos daños
en guerra tan prolongada.
Que a la sombra guarecidos
de las huertas y olivares,
bajaban como bandidos,
y robaban atrevidos
alquerías y lugares.
Los cristianos toleraban
con rabia tales desmanes
y vengarse meditaban,
mientra ufanos ocupaban
la villa los musulmanes.
Éstos, por cierto, valientes,
eran pocos, confiados
en el brío de sus gentes;
los otros, que eran prudentes,
los cogieron descuidados.
Con fosos y torreones
guarda hoy la morisca villa
en sus pardos murallones
los sobrepuestos blasones
de Aragón y de Castilla.
Que los nuestros la asaltaron,
y guardarla no supieren
los moros que la fundaron;
cinco veces la ganaron
y otras cinco la perdieron.
Por eso los vencedores
alzaron doble muralla,
y alzaron torres mayores
para quedar los mejores
en el sol de la batalla.
Por eso una sola senda
dejaron en todo el cerro,
porque más fácil se atienda
la sola puerta de hierro
si se empeña la contienda.
Por eso están los cristianos
malamente entretenidos
en casa de los villanos,
en pensamientos livianos
con las mozas divertidos.
Que osados y licenciosos
son además los soldados
cuando en puestos apartados
les dejan vivir ociosos
por fuertes o por cansados.
Pero avaros de venganza,
mas advertidos los moros,
hicieron punta a su lanza
mientras ellos en holganza
jugaban zambras y toros.
«De más a esos perros ya
la villa estuvo sujeta,
dijeron; vamos allá,
que por nosotros está
la voluntad del Profeta.»
Misteriosa expedición
propusieron a tal fin;
y para aquesta ocasión
dieron gentes en unión
la Alhambra y el Albaicín.
Salió el viejo rey Hazem
con gente muy escogida,
y dicen los que le ven:
«Alá té lleve con bien,
y vuelvas con honra y vida.»
Saludóles al pasar
el musulmán con la mano,
diciendo el arco al cruzar:
«Le tengo de festonar
con cabezas de cristiano.»

La tarde estaba nublada,
el viento ronco mugía,
y gruesa lluvia pesada,
la noche apenas entrada,
en anchas gotas caía.
Veló medrosa la faz
la luna entre nubes pardas,
y brilló en la obscuridad
el relámpago fugaz
en broqueles y alabardas.
Caídos los martinetes
sobre las mojadas telas
revueltas en los almetes,
caminaban los jinetes
el lodo hasta las espuelas.
Mohino el Rey por demás,
iba escuchando el rumor
de los pasos a compás;
después iba un atambor,
y los soldados detrás.
Iban entre los peones,
en vez de picos y palas
y estrepitosos cañones,
muchos moros con escalas
para entrar los torreones.
La luz del siguiente día
apenas cumplida fue,
ya Zahara se descubría;
llegó la noche sombría
y la tocaron al pie.
Contó el Rey cuidosamente
las hogueras y señales;
consultando diligente,
sus espías y su gente
partió en dos bandas iguales.
Guardando el cerro dejó
los jinetes y escuderos,
y él mismo después trepó
con algunos caballeros
y soldados que tomó.
Seguía la tempestad,
zumbaba agitado el viento
rodando en la obscuridad
y azotando la ciudad
con temeroso concento.
Se oía caer bramando
la lluvia de las montañas,
de peña en peña chocando.
a la llanura arrastrando
espinos, olmos y cañas.
Y en el alto torreón
aturdido el centinela,
murmuró humilde oración
acurrucado al rincón
de la covacha en que vela.
Y al calor de su gabán,
con el monótono arrullo
que allí las aguas le dan,
durmió rendido su afán
oyendo el vago murmullo.
Soltó la lanza su mano,
fijó el rostro en la rodilla,
y así soñó el veterano
una aurora de verano
en un lugar de Castilla.



II
Es grato en el blando lecho
oír el viento que brama,
y el agua que se derrama,
sobre los techos rodar;
oír en la estrecha calle
el rumor acelerado
de las armas del soldado
que acaban de relevar.
Y en confuso remolino
oír crecer la tormenta,
que cambia, al pasar violenta,
las veletas de metal;
y oír zumbar sacudida
la mal sujeta campana,
y oír en la ancha ventana
temblar hendido el cristal.
El desvelado maldice,
el tímido infante llora,
la madre le mece y ora
-con religioso pavor;
el enfermo se acongoja
y el amante desespera,
que acaso vela y le espera
entre las rejas su amor.
Los de Zahara, silenciosos,
o velaban o dormían;
sólo en la villa se oían
en la densa obscuridad,
el agua de las goteras,
el vago mugir del viento
y el ronco y medroso acento
de la negra tempestad.
Sólo en apartada torre
del mal guardado castillo,
con el fulgor amarillo
de una lámpara al morir,
velan algunos soldados,
y se siente desde fuera
el rumor de una quimera
y jurar y maldecir.
Se sienten sus carcajadas,
sus apodos insolentes,
que en todo hallan tales gentes
contentamiento y placer.
Se juntan en borracheras
para acabarlas riñendo,
y vuelven, en concluyendo,
desde reñir a beber.
Y en el calor de la orgía
y el vapor de los licores,
disertan de sus amores
en obsceno platicar;
que su lengua irreligiosa,
sin respetos y sin vallas,
sólo de sangre y batallas
o mujeres ha de hablar.
De éstas se miran algunas
con los soldados más mozos,
en impúdicos retozos
y deshonesto ademán,
que osadas y descompuestas
o blasfemando o riñendo,
hasta embriagarse bebiendo
desatinadas están.
La trémula llamarada
de una hoguera agonizante
presta a su rudo semblante
una expresión más feroz;
y recibiendo la bóveda
la algazara en su ancho hueco,
remeda con largo eco
la desentonada voz.
Harto de vino y de amores,
en dos bancos apoyado,
cantaba un viejo soldado
al son de un roto rabel,
o hiriendo a compás la mesa
con plato, copa o cuchillo,
aullaban el estribillo
ellos y ellas con él.
Brindaban, y a cada brindis
insensatos blasfemaban,
y reían y danzaban
completando la embriaguez;
y sus sombras en silencio,
gigantescas, agitadas,
cual fantasmas convidadas
erraban por la pared.
«¡A ellos!», gritaron voces,
y entraron el aposento
diez a diez y ciento a ciento
los moros del rey Hazem,
y apenas a las espadas
acudieron los cristianos,
les cercenaron las manos
y las cabezas también.
Lidiaron acaso algunos,
pero tantos les entraron,
que al fin los acuchillaron
con las hembras a la par.
A los gritos de los moros,
los cristianos despertaban;
pero ¡los tristes se hallaban
cautivos al despertar!
La soñolienta pupila
prestaba crédito apenas
a las cuerdas y cadenas
con que atados dos a dos
por los árabes se vieron,
a quienes con lengua y ojos
pedían piedad de hinojos
en el nombre de su Dios.
Las lágrimas de las madres,
de los niños los sollozos,
los esfuerzos de los mozos,
el dolor de la vejez,
son inútil resistencia,
porque a todos los infieles,
atados como lebreles
los arrastran a la vez.
En vano lucha la virgen
desesperada con ellos,
que con sus propios cabellos
mordaza o cordel la dan;
en vano niños y enfermos
yacen sin fuerzas postrados;
en tropel, como ganados,
todos a los hierros van.
Fueron ¡por Dios! tristes horas
las de noche tan sangrienta:
¡a quien de allá pidan cuenta,
malas cuentas ha de haber!
que si hay justicia en los cielos,
de tanta vida inocente,
una vida solamente
ha muy mal de responder.



III
Medrosa de tanto duelo
subió al Oriente la aurora
entre cortinas de nubes
que la apagan o la embozan.
Lloraba el cielo por ellas
hilo a hilo y gota a gota,
sin que el sol tornasolara
las lágrimas con que lloran.
Andaba el aire aturdido
sin hallar sitio en la atmósfera,
que asaltada por la lluvia,
entre la lluvia se ahoga;
y tanta gala los cielos
ostentan cuando la acosan,
que con mundos de cristal
la bloquean y la toman.
Lloraba el cielo por Zahara,
que acaso por pecadora
la castiga, y ver no quiere
los males con que la azota.
Cerróse en agua, y con ella,
cerró su misericordia;
vendó con nieblas sus ojos,
y su clemencia hizo sorda,
por no ver al rey Hazem,
que en medio la gente mora,
amarra dos mil cristianos
al carro de su victoria.
Cabalgaba el agareno
sobre una yegua de Córdoba
con la crin hasta el estribo,
y hasta la tierra la cola;
y como el cielo la empapa
en las aguas que la mojan,
la cola y la crin parecen
de espumas, algas y esponjas.
La plaza cercan los moros,
donde dos a dos arrojan
los cristianos que cautivan,
los cautivos que sollozan.
Allí mujeres y ancianos,
allí vírgenes y esposas,
juntan a golpes y a gritos
entre algazara y chacota.
Casi desnudos los llevan
a todos por más deshonra
hasta el centro de la plaza,
donde a la intemperie opongan
la desnudez de las carnes,
su temblor y sus congojas;
y a los ojos de los moros
los defectos de las formas
o las castas perfecciones,
que con torpes ojos hozan.
El noble rostro hacia el suelo
los tristes vencidos tornan,
por ocultar en los ojos
las lágrimas con que lloran;
que la libertad perdida
sin infamia nos agobia,
pero mata y avergüenza
perder libertad y honra.
Caíales por los hombros
el agua, porque furiosas
en su cabeza las nubes
reventadas se desploman;
que cuando al fin Dios castiga,
muestra su justicia toda,
pues la maldad de los hombres
toda su clemencia agota.
Mandó Hazem que los cristianos,
guardados por buena escolta,
vayan delante a Granada
por la vereda más corta;
mas viendo que los ancianos
y los enfermos lo estorban,
a su guardia de gomeles
dijo impaciente en voz ronca:
«Llegarán los que llegaren;
los mozos a las mazmorras,
las muchachas al serrallo,
y los viejos a la horca.»

Preparan los granadinos
bohordos en Bibarrambla,
torneos para los nobles,
para el pueblo luminarias.
Cuelgan de púrpura y blanco
miradores y ventanas,
y el populacho a las puertas,
al Rey impaciente aguarda.
En la vega están los ojos
y en la vía de Zahara,
que el Rey envió corredores
a decir que está ganada.
Añafiles y atabales
por honra y por fiesta sacan,
y en corros moros y moras
gritando y riendo saltan.
«¡Viva el Rey!» dicen algunos,
y otros gritan: «¡Muera Zahara!»,
y todos a los vencidos
insultan, mofan e infaman;
que siempre quien vence grita
porque los vencidos callan,
porque las lenguas se sueltan
donde las manos se atan;
porque la risa provoca
tal vez la ajena desgracia,
y al que nace desdichado,
hasta compasión le falta;
que quien cae pone a los otros,
para que pasen, la espalda,
y maldición es que lloren
algunos lo que otros cantan.
Así ondean los pendones
en las torres de la Alhambra;
así Granada la bella
se viste imbécil de gala,
cantando hoy loca las glorias
que ha de maldecir mañana.
Venir se ven los cautivos
entre la neblina parda
a pasos descompasados,
como los cautivos andan;
que como el alma les pesa,
así les tiembla la planta.
Delante y detrás los moros,
y por los lados, los guardan,
los alfanjes en la diestra,
los broqueles a la espalda.
Siguen después los jinetes
y nobles con el Monarca,
los lanzones en la cuja,
en el arzón las adargas;
mostrando bien los caballos
en su perezosa marcha
la fatiga del camino,
lo largo de la jornada;
que traen el arnés mohoso,
deslucidas las gualdrapas,
hasta las crines el lodo,
desde las crines el agua.
Cuando a la puerta de Elvira
los zahareños llegaban,
cantaba el pueblo su triunfo
con vítores y algazara.
Aplaudían con las manos,
con panderos y sonajas,
al son de los duros hierros
que los otros arrastraban.
Cesó de pronto el aplauso,
susurraron en voz baja
palabras que nadie oía,
pero todos murmuraban.
Ojos había en la turba
obscurecidos con lágrimas,
y ojos que con luz sombría
para maldecir miraban.
Desnudos y a la intemperie
los prisioneros entraban,
ancianos, madres y niños,
entre broqueles y lanzas,
sin respeto a su inocencia,
a su sexo y a sus canas.
Las madres, sus muertos hijos
traían desesperadas
en los maternales brazos
y en los brazos de su alma.
Movidos a compasión
los moros de pena tanta,
sus ojos de los cautivos,
indignados, apartaban.
Las madres libres, llorando,
atropellando los guardias,
a las cristianas cautivas
sus propias telas regalan,
y parten los alimentos
que a los moros preparaban,
entre los tristes esclavos,
que los devoran con ansia.
Algunos, más altaneros,
acaso los rehusaban,
que el pan de la esclavitud
entro los labios amarga.
Alzóse Muley Hazem
en los estribos de plata,
viendo la piedad del pueblo
y la miseria cristiana.
Rabioso de que la plebe
le eche su crueldad en cara,
atropelló con su yegua
por la turba aglomerada,
dividiendo así los moros
y los esclavos de Zahara.
«¡Adelante! gritó airado,
con la voz ronca de rabia.
Todos son esclavos míos:
al serrallo las muchachas,
los mozos a las mazmorras,
donde más a luz no salgan,
y los viejos, que los maten,
pues no me sirven de nada.»
Calló el pueblo amedrentado,
obedecieron los guardias,
y el Rey subió con los nobles
a toda rienda a la Alhambra.



IV
Sentado está el rey Hazem
en un morisco almohadón,
y muchos moros se ven
cruzar el ancho salón
para darle el parabién.,
A las puertas, reverentes,
delante su Rey se paran,
doblando humildes las frentes;
que al Rey miran tales gantes
como al mismo Dios miraran.
Mirra y esencias de flores
arden en pebetes de oro,
y el sol de los miradores
anubla el humo de olores
que avaro respira el moro.
El aire colman de ruido
dos fuentes azafranadas;
y en su murmullo perdido,
se oye el trinar dolorido
de las aves enjauladas.
Porque en nichos de cristal
cerradas, las hay tan bellas
en la bóveda oriental,
que el aire parece mal
sólo porque está sin ellas.
Las miró el viejo Muley.,
Y, viéndolas, suspiró:
«En vano me llaman rey,
dijo, si como ellas yo
esclavo soy de mi ley.
»Que penan ellas así
en ese encierro, imagino;
mas ellas placen ahí,
y en eso quiso el destino
diferenciarlas de mí.»
Volvió, con tal pensamiento,
a suspirar otra vez;
bajó el rostro macilento,
pero repuesto al momento,
demandó con altivez:
«Los cristianos, ¿qué se hicieron?»
«En las mazmorras están
en cadenas», respondieron.
«Los condenados, ¿murieron?»
«Si no han muerto, morirán».
Volvió el Rey a meditar,
de los suyos recelando,
y siguieron a la par,
las fuentes su susurrar
y los pájaros cantando.
«Alá nos dio la victoria,
siguió el Rey; ¿qué dicen de ella?»
Todos callaron. «Fue gloria
ganarles villa tan bella.»
Tendránlo, a fe, en la memoria.
Harto el rey Hazem habló;
los cortesanos callaron,
que el pueblo indignado vio
que los cautivos entraron
como perros que él ató.
Y los moros presentían
que, la tregua quebrantada,
los cristianos entrarían
por las vegas de Granada
y a Zahara no olvidarían.
Por eso, ante el Rey estaba
la turba sin contestar,
que mal con su Rey andaba
desque vid o que mandaba
a los viejos degollar.
Callaba Muley Hazem,
sin hallar paso mejor;
que sabe el Príncipe bien
que sangre mancha también
el laurel del vencedor.
Corrían entrambas fuentes,
trinaban los ruiseñores,
y el sol, en ambas corrientes,
sus rayos más transparentes
deshacía en mil colores.
Los vidrios de las ventanas,
contornos dando a sus sombras,
estampan las formas vanas
de sus historias livianas
en las moriscas alfombras.
El silencio a interrumpir
vino una voz de dolor:
«Preparaos a morir»,
se oía a gritos decir
a un hombre en un corredor.
Todos el rostro tornaron
impacientes a la entrada,
y repetir escucharon:
«Tus glorias se marchitaron.
¡Ay de ti, bella Granada!»
Entró el hombre en el salón,
de musulmanes cercado;
érase el tal un santón
que vivía en la oración,
del tumulto retirado.
Pasó la noche corriendo,
gritando en la obscuridad:
«Granada, los estoy viendo.
¡Ay de la hermosa ciudad!
¡Tus muros están cayendo!»
Los moros, viéndole entrar,
delante se le inclinaron,
y él siguió en su predicar:
«¡Los estoy viendo llegar,
y vuestros días contaron!.
»¡Ay de ti, la desdichada
ciudad reina de ciudades
Por el cimiento horadada,
los cielos en ti, Granada,
lloverán calamidades.
»Es en vano resistir.
¡Ay de ti, reina de Oriente!
¡Alá te manda morir!
Los estoy viendo venir.
¡Ay ciudad! ¡Ay de tu gente!»
Harto ya Hazem de escucharle,
furioso le preguntó:
«¿Quién eres?» Sin contestarle,
gritando el santón siguió;
y el Rey volvió a preguntarle.
«Enviado soy de mi Dios,
dijo el moro, y dióme el cielo
un mensaje para vos.»
Y el Rey: «Pues ve que en el suelo
no hay más oídos que dos.»
Siguió entonces el santón,
muy loco o muy confiado,
su doliente relación,
con el Monarca encarado
y a guisa de inspiración:
«La tregua está quebrantada,
y a muerte al traidor sujeta.
¡Ay de ti, bella Granada!
¡Cayó en ti, desventurada,
La maldición del Profeta!
»Borrada su suerte halló
del pensamiento divino:
por ti, ciudad mucho oré;
y para leer tu destino,
hasta el cielo penetré.»
Oyóle Hazem un momento,
y enfurecido además,
dijo, dejando su asiento:
«¡Quien leyó en el firmamento,
no puede llegar a más!»
La turba ve estremecida
la rabia del Rey, y calla,
y el Rey dijo a su salida:
«Quitad a ese hombre la vida
en lo alto de la muralla.
»Cuando vengan los cristianos,
siguió volviendo a los moros,
lanzas tenéis en las maros:
¡cerrad con ellos, villanos,
como cerráis con los toros!

Príncipe y Rey de José Zorrilla

Príncipe y Rey
Romance histórico
de José Zorrilla



Está la noche serena;
la luna, sin pardas nubes
que la empañen, limpia y clara
en el firmamento luce.
En derredor las estrellas,
con multiplicadas lumbres
tachonan del aire vano
los pabellones azules.
Eresma por entre peñas
su escaso raudal conduce
a las plantas de un alcázar
que en sus arenas las hunde;
y ya en montones de espuma
revoltoso se derrumbe,
ya con transparentes ondas
manso y humilde murmure,
nunca es más que un corto espejo
que adula la excelsa cumbre,
porque permita al palacio
que en su cristal se dibuje.
Está la noche serena,
y a pasos rápidos huye
sobre la choza pajiza
y la espléndida techumbre.
Calla el viento; el aura apenas
suelta ráfaga que ondule;
Eresma hace que sus ondas
no desvelen, sino arrullen,
y si algún pájaro errante
hay que el silencio interrumpe,
avergonzado se duerme
por no tener quien le escuche.
Mas no es tan hondo el silencio
que el aura a veces no crucen
los incompletos compases
que danza vecina arguyen.
Oyese el rumor lejano
de contenta muchedumbre
que entre cánticos y brindis
el sueño tenaz sacude.
La danza es en el alcázar,
que el príncipe Enrique cumple
hoy años, y a malgastarlos,
junta los más que le ayuden.
La copa de los placeres,
para que ansiosos apuren
cuantas damas y galanes
hay en Castilla, reúne.
La vida es corta; los días
se menguan y disminuyen;
la molicie es cortesana,
y los placeres son dulces.
¿Qué importa que el rey don Juan
contra los rebeldes luche?
El Príncipe vivo y goza,
que como a quien es le cumple.
¡Fiestas y danzas! Los reyes
no bon hidalgos comunes
en cuya frente se ostentan
el valor y las virtudes.
Una frente coronada
radia sólo tantas luces,
que los ojos atrevidos
a sus destellos sucumben.
Por eso suenan alegres
las chirimías y adules,
haciendo que sus compases
de sala en sala retumben;
por eso amoroso abrazo,
despertador de inquietudes,
los talles de las hermosas
al ceñidor sustituyen;
por eso el cendal flotante
gira en círculo voluble,
revelando lo escondido
tras lo que traidor descubre.
¡Oh! Hermosas son las hermosas
cuando, aspirando perfumes,
mas ocultos sus hechizos
entre transparentes tules,
sueltos los cabellos de ébano
en espirales y en bucles,
de amar y gozar sedientas
a los salones acuden.
Aquel aliento que envía
un suspiro a que se cruce
con un suspiro que deja
que aquél su lugar ocupe;
aquel murmullo continuo
que hace que el aura susurre
con mil acentos sin forma,
que entre sus pliegues confunde;
aquella blanda sonrisa
que vida en un alma influye,
mientras aguarda favores
en penada incertidumbre;
aquellos húmedos ojos
a cuya luz se destruyen
los hielos del corazón
cuando de esquivo presume;
tantos acasos pensados
que en rodeos mil conducen
al revuelto laberinto
de amantes solicitudes;
y todo ello en un palacio
donde tormentosa bulle
cuanta pompa, intriga y gala
la faz de un Príncipe influye
hacen que los corazones
tan embriagados se ofusquen,
que deliren paraísos
bajo el cieno que les cubre.
Espléndido está el salón,
y aunque mucho disimulen
las damas, están contentas
cuando los maridos sufren.
El Príncipe galantea,
y las damas de más lustro
le deben hoy tantas flores
cuanto algunos pesadumbres.
Porque él, con una en los brazos,
toda una danza interrumpe,
haciendo que en raudos círculos
mil veces el salón cruce.
Pie con pie, mano con mano,
al muelle, lánguido empuje,
la lleva en pos blandamente,
la suspende y la sacude.
Ella, adormecida, suelta,
sobre brazo tan ilustre,
más se abandona y descuida,
porque más él la asegure.
Flotan los rizos de entrambos,
los alientos se confunden,
crúzanse los pies veloces,
vagan los mantos volubles;
el labio pide a los ojos
osadía, amor y lumbre,
y los labios a los ojos
suplican que no pronuncien.
Los ojos suplen las voces,
la sonrisa el fuego encubre,
y así al amor y al placer
todo sirve y todo suple.
¡Espléndido está el salón,
todo el aire son perfumes,
música, citas, suspiros,
murmullo, plumas y luces!
Mas hay un hombre sombrío
a quien todos llaman Duque,
y a quien ninguno aventaja
en la gala que le cubre,
cuyos dos ojos tenaces,
sin que se aparten o muden,
en el Príncipe están fijos
cual si temiera que le harten:
si algún importuno acaso
su tenacidad reduce,
siempre a su objeto ambiciosos,
rápidos se restituyen.
Al acero se parecen,
que por más que se procure
doblarle contra el imán,
siempre hacia el imán resurte:
mientras, descuidado el Príncipe,
sin que su gozo perturben,
con una dama en los brazos,
por el salón baja y sube.
Es cierto que alguna vez
mira de reojo al Duque;
mas éste, firme y tranquilo,
ni lo busca ni la huye.
Es verdad que alguna vez
el primogénito ilustre
su voluptuosa pareja
por delante dél conduce;
y tal vez, aunque no altivo,
de distinguirle se excuse,
no se alcanza a comprender
si es que le honre o que le injurie;
mas el Duque no por ello
en desmán alguno incurre:
siempre el respeto lo sobra,
ya lo responda o le escuche.,

Cesó la danza y la música,
que ya el albor se descubre
del alba, que por los vidrios
asoma sus turbias luces:
quedó el alcázar tranquilo,
despejó la muchedumbre,
sonó un beso, y don Enrique
entregó su dama al Duque.
Aquél dijo: «Hasta mañana.»
Contestó éste: «Si a Dios cumple.»
Y don Enrique, volviéndose,
siguióle la servidumbre.