lunes, 27 de abril de 2009

Fe de José Zorrilla

I
«En manos del placer adormecido,
Sin otro porvenir que los placeres,
El oro y las mujeres
Mi solo Dios y mi esperanza han sido.
¡Lindas quimeras de mi edad pasada
Que me dejáis el alma emponzoñada,
Decid, ¿dónde habéis ido?

»Lancéme a los deleites avariento,
Gocé con ansia y apuré su hartura;
Mi Dios y mi ventura
Asentó en el placer mi pensamiento.
Otro esperar mi corazón no quiso;
Y hoy, ¿dónde hallar el dulce paraíso
Que edifiqué en el viento?

»¿En dónde estás, riquísimo tesoro
De placer y de amor, lánguida Elvira,
Con cuyo amor respira
Mi corazón, y cuya sombra adoro?
Elena, Inés..., bellísimas traidoras,
¡Ay! ¿qué habéis hecho de mis dulces horas
Y mis montones de oro?

»¿Qué he de hacer sin vosotras y sin ellos,
Solo afán ¡ay de mí! con que he vivido,
Solo Dios que he creído?
Fe de mi juventud, delirios bellos,
¿Qué he de creer ni de esperar ahora
Que tornándose van hora por hora
Más blancos mis cabellos?

»Y ¿dó encender la lámpara apagada
De mi dudosa fe, dó ir por consuelo,
Si yo del santo cielo
En el escrito azul no sé leer nada?
¡Si en su vieja impiedad endurecida,
No ve tras dél el alma envilecida
Su fin y su morada!

«¡Imposible creer! Pero ¡ay! cuán duro
En duda pertinaz ir caminando,
Sin creencia esperando
Un negro más allá nunca seguro!
¡Ay del que nada cree y en nada espera,
Y no encuentra una luz que alumbre fuera
De caos tan obscuro!

»No, no me sé amparar del cielo santo,
Que perdón no tendrá tanto delito.
Y el castigo infinito,
Si me le atrevo a imaginar, me espanto.
¡Mejor es no creer! Triste es la duda,
Mas no hay puerto mejor adonde acuda
Por entre escollo tanto.»

Así pensó el ateo, y ¡cuán en vano!
Que al olvidar su celestial esencia,
De la tenaz conciencia
Dentro del corazón sintió el gusano.
Tornóse al cielo en su árida agonía,
Mas nada en él deletrear sabía
Su corazón profano.

Ciego que sabe que la luz existe,
Que oye elogiar el resplandor del cielo
Y no le es dado desgarrar el velo
Que ante sus ojos a la luz resiste,
¡Mira!, lo dicen, y en su audaz deseo
Tórnase a ver, y exclama: ¡Nada veo!
Desesperado y triste.

¡Mejor es no creer! Y abandonado
Sin esperanza en brazos de sí mismo,
Por el obscuro abismo
De la duda fatal va despeñado:
¡Mejor es no creer! Y en su agonía
Siente que llega el postrimero día:
Y ¡ay dél si se ha engañado!

¡Ay del jardín donde las zarzas crecen!
¡Ay del palacio que las aves moran!
Y ¡ay de los siervos que impiedad imploran
Cuando en presencia del Señor parecen!
Y ¡ay, ay de los que cruzan el desierto
Y no conocen el camino cierto,
Y en la mitad del arenal perecen!



II
Espíritu blanco y puro
Que con tu fanal seguro
Por el lóbrego recinto
Del mundano laberinto
Mis pasos guiando vas;
Ángel que invisible velas
Mi existencia, y me consuelas,
Y en la noche sosegada
A la orilla de mi almohada
Mi sueño guardando estás;

Tú que con alas de rosa
De mi mente calurosa
Benigno apartas y atento
El mundano pensamiento
Y la torpe tentación,
¡Ay, nunca de mí te alejes,
Nunca en soledad me dejes
Sin que tu fanal me alumbre,
Y esa ruin incertidumbre
No me roa el corazón!

Espíritu soberano,
Tiéndeme siempre tu mano,
Y mi afán, mi pensamiento
Endereza al firmamento,
¡Oh espíritu tutelar!
Y en la noche silenciosa,
Si brota mi fe dudosa
Alguna plegaria impía,
Con tu aliento de ambrosía
Purifícala al pasar.

Ángel cuya sombra adoro,
Cuyo nombre santo ignoro
Cuyo semblante no veo,
Y en cuya presencia creo,
Y cuya existencia sé,
Muéstrame el camino cierto
De este mundo en el desierto,
Y ¡guay que sin fin no vague
Y con los vientos se apague
La lámpara de mi fe.